La forma de la espada - Jorge Luis Borges (en Ficciones, 1944)
Carriego y el sentido del arrabal - Jorge Luis Borges (en El tamaño de mi esperanza, 1926)
Jorge Luis Borges (en El tamaño de mi esperanza)
Primera edición: Editorial Proa, Buenos Aires, 1926.
Edición actual: Seix Barral, Buenos Aires, 1993.
El valor o la simulación del valor era una felicidad y Ño Moreira (orillero de Matanzas ascendido por Eduardo Gutiérrez a semidiós) era todavía el Luis Ángel Firpo que los guarangos invocaban. Evaristo Carriego (el entrerriano evidente que indiqué al principio de estos renglones) miró para siempre esas cosas y las enunció en versos que son el alma de nuestra alma.
Tanto es así que las palabras arrabal y Carriego son ya sinónimos de una misma visión. Visión perfeccionada por la muerte y la reverencia, pues el fallecimiento de quien la causó le añade piedad y con firmeza definitiva la ata al pasado. Los modestos veintinueve años y el morir tempranero que fueron suyos prestigian ese ambiente patético, propio de su labor. A él mismo le han investido de mansedumbre y así en la fabulización de José Gabriel hay un Carriego apocadísimo y Casi mujerengo que no es, ciertamente el gran alacrán y permanente conversador que conocí en mi infancia, en los domingos de la calle Serrano.
Sus versos han sido justipreciados por todos. Quiero enfatizar, sin embargo, que pese a mucha notoria y torpe sensiblería, tienen afinaciones de ternura, inteligencias y perspicacias de la ternura, tan veraces como ésta:
Y cuando no estén ¿durante cuánto tiempo aún se oirá su voz querida en la casa desierta?
Cómo serán
en el recuerdo las caras que ya no veremos más?
Quiero elogiar enteramente también su prosopopeya al organito, composición que Oyuela considera su mejor página, y que yo juzgo hecha de perfección.
El ciego te espera
las más de las noches sentado
a la puerta. Calla y escucha.
Borrosas memorias de cosas lejanas
evoca en silencio, de cosas
de cuando sus ojos tenían mañanas,
de cuando era joven la novia ¡quién sabe!
El alma de la estrofa trascrita no está en el renglón final; está en el penúltimo, y sospecho que Carriego la ubicó allí para no ser enfático. En otra composición anterior intitulada El alma del suburbio ya había esquiciado el mismo sujeto, y es hermoso comparar su traza primeriza (cuadro realista hecho de observaciones minúsculas) con la definitiva, grave y enternecida fiesta donde convoca los símbolos predilectos de su arte: la costurerita que dio aquel mal paso, la luna, el ciego.
Son todos ellos símbolos tristes. Son desanimadores del vivir y no alentadores. Hoy es costumbre suponer que la inapetencia vital y la acobardada queja tristona son lo esencial arrabalero. Yo creo que no. No bastan algunos desperezos de bandoneón para convencerme, ni alguna cuita acanallada de malevos sentimentales y de prostitutas más o menos arrepentidas. Una cosa es el tango actual, hecho a fuerza de pintoresquismo y de trabajosa jerga lunfarda, y otra fueron los tangos viejos, hechos de puro descaro, de pura sinvergiencería, de pura felicidad del valor. Aquéllos fueron la voz genuina del compadrito: éstos (música y letra) son la ficción de los incrédulos de la compadrada, de los que la causalizan y desengañan. Los tangos primordiales: El caburé, El cuzquito, El flete, El apache argentino, Una noche de garufa y Hotel Victoria aún atestiguan la valentía chocarrera del arrabal. Letra y música se ayudaban. Del tango Don Juan, el taita del barrio recuerdo estos versos malos y bravucones:
En el tango soy tan taura que cuando hago un doble corte, corre la voz por el Norte si es que me encuentro en el Sur.
Pero son viejos y hoy solamente buscamos en el arrabal un repertorio de fracasos. Es evidente que Evaristo Carriego parece algo culpable de esa lobreguez de nuestra visión. Él, más que nadie, ha entenebrecido los claros colores de las afueras; él tiene la inocente culpa de que, en los tangos, las chirucitas vayan unánimes al hospital y los compadres sean desvencijados por la morfina. En ese sentido, su labor es antitética de la de Álvarez, que fue entrerriano y supo aporteñarse como él. Hemos de confesar, sin embargo, que la visión de Álvarez tiene escasa o ninguna importancia lírica y que la de Carriego es avasalladora. Él ha llenado de piedad nuestros ojos y es notorio que la piedad necesita de miserias y de flaquezas para condolerse de ellas después. Por eso, hemos de perdonarle que ninguna de las chicas que hay en su libro consiga novio. Si lo dispuso así fue para quererlas mejor y para divulgar su corazón hecho lástima sobre su pena.
Este brevísimo discurso sobre Carriego tiene su contraseña y he de reincidir en él algún día, solamente para ensalzarlo. Sospecho que Carriego ya está en el cielo (en algún cielo palermense, sin duda el mismo donde se los llevaron a los Portones) y que el judío Enrique Heine irá a visitarlo y ya se tutearán.
Jorge Luis Borges sobre el libro.
Adrogué - Jorge Luis Borges (1960)
Nadie en la noche indescifrable tema
Que yo me pierda entre las negras flores
Del parque, donde tejen su sistema
Propicio a los nostálgicos amores.
O al ocio de las tardes, la secreta
Ave que siempre un mismo canto afina,
El agua circular y la glorieta,
La vaga estatua y la dudosa ruina.
Hueca en la hueca sombra, la cochera
Marca (lo sé) los trémulos confines
De este mundo de polvo y de jazmines,
Grato a Verlaine y grato a Julio Herrera.
Su olor medicinal dan a la sombra
Los eucaliptos: ese olor antiguo
Que, más allá del tiempo y del ambiguo
Lenguaje, el tiempo de las quintas nombra.
Mi paso busca y halla el esperado
Umbral. Su oscuro borde la azotea
Define y en el patio ajedrezado
La canilla periódica gotea.
Duermen del otro lado de las puertas
Aquéllos que por obra de los sueños
Son en la sombra visionarios dueños
Del vasto ayer y de las cosas muertas.
Cada objeto conozco de este viejo
Edificio: las láminas de mica
Sobre esa piedra gris que se duplica
Continuamente en el borroso espejo.
Y la cabeza de león que muerde
Una argolla y los vidrios de colores
Que revelan al niño los primores
De un mundo rojo y de otro mundo verde.
Más allá del azar y de la muerte
Duran, y cada cual tiene su historia,
Pero todo esto ocurre en esta suerte
De cuarta dimensión, que es la memoria.
En ella y sólo en ella están ahora
Los patios y jardines. El pasado
Los guarda en ese círculo vedado
Que a un tiempo abarca el véspero y la aurora.
¿Cómo puede perder aquel preciso
Orden de humildes y pequeñas cosas,
Inaccesibles hoy como las rosas
Que dio al primer Adán el Paraíso?
El antiguo estupor de la elegía
Me abruma cuando pienso en esa casa
Y no comprendo cómo el tiempo pasa,
Yo, que soy tiempo y sangre y agonía.
en El hacedor (1960)
Spinoza - Jorge Luis Borges (1964)
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)
Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquél que es todas Sus estrellas.
Para una versión del «I King» - Jorge Luis Borges (1975)
El porvenir es tan irrevocable
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.
Soneto con el cual Borges prologa I Ching. Libro de las mutaciones (1975), edición de Richard Wilhelm (Edhasa)
Un cuchillo en el norte - Jorge Luis Borges (Para las seis cuerdas, 1965)
Allá por el Maldonado,
allá por el barrio gris
que cantó el pobre Carriego,
tras una puerta entornada
que da al patio de la parra,
donde las noches oyeron
el amor de la guitarra,
habrá un cajón y en el fondo
dormirá con duro brillo,
entre esas cosas que el tiempo
sabe olvidar, un cuchillo.
Fue de aquel Saverio Suárez,
por más mentas el Chileno,
que en garitos y elecciones
probó siempre que era bueno.
Los chicos, que son el diablo,
lo buscarán con sigilo
y probarán en la yema
si no se ha mellado el filo.
Cuántas veces habrá entrado
en la carne de un cristiano
y ahora está arrumbado y solo,
a la espera de una mano,
que es polvo. Tras el cristal
que dora un sol amarillo,
a través de años y casas,
yo te estoy viendo, cuchillo.
En Para las seis cuerdas (emecé, 1965)
Camden, 1892 - Jorge Luis Borges (homenaje a Walt Whitman)
El olor del café y de los periódicos.
El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana
publicación de versos alegóricos
de un colega feliz. El hombre viejo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.
Piensa, ya sin asombro, que esa cara
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y la saqueada boca.
No está lejos el fin. Su voz declara:
casi no soy, pero mis versos ritman
la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.
1964 - Jorge Luis Borges
I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado
ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
En El otro, el mismo (1964)
Laberinto - Jorge Luis Borges (1969)
No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.
En Elogio de la sombra (1969)
Historia de los dos que soñaron - Jorge Luis Borges (1935)
El historiador arábigo El Ixaquí refiere este suceso:
"Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla." A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó el fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo, y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel,. El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?. El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí." El capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?". El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste".
"Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de una mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete".
"El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto."
(Del Libro de las 1001 Noches, noche 351)
Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 - Ginebra, 14 de junio de 1986) Bibliografía
Cuentos
Historia universal de la infamia (1935)
- El atroz redentor Lazarus Morell.1
- El impostor inverosímil Tom Castro.
- La viuda Ching, pirata.
- El proveedor de iniquidades Monk Eastman.
- El asesino desinteresado Bill Harrigan.
- El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké.
- El tintorero enmascarado Hákim de Merv.
- Hombre de la esquina rosada.
- Un teólogo en la muerte.
- La cámara de las estatuas.' (Del libro de las 1001 Noches, noche 272).
- Historia de los dos que soñaron. (Del "Libro de las 1001 Noches, noche 351).
- El brujo postergado.
- El espejo de tinta.
- Un doble de Mahoma.
Ficciones (1944)
Este consta de dos secciones —originalmente publicadas como libros separados— y las siguientes narraciones2
I. El jardín de senderos que se bifurcan
- Tlön, Uqbar, Orbis Tertius
- El acercamiento a Almotásim
- Pierre Menard, autor del Quijote
- Las ruinas circulares
- La lotería en Babilonia
- Examen de la obra de Herbert Quain
- La biblioteca de Babel
- El jardín de senderos que se bifurcan
II. Artificios
- Funes el memorioso
- La forma de la espada
- Tema del traidor y del héroe
- La muerte y la brújula
- El milagro secreto
- Tres versiones de Judas
- El fin
- La secta del Fénix
- El Sur
El Aleph (1949)
consta de 17 cuentos:
- El inmortal.
- El muerto.
- Los teólogos.
- Historia del guerrero y la cautiva.
- Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829 – 1874 ).
- Emma Zunz,
- La casa de Asterión
- La otra muerte.
- Deutsches réquiem.
- La busca de Averroes.
- El Zahir
- La escritura del Dios.
- Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto.
- Los dos reyes y los dos laberintos.
- La espera.
- El hombre en el umbral.
- El Aleph.
El informe de Brodie (1970)
- La intrusa.
- El indigno.
- Historia de Rosendo Juárez.
- El encuentro.
- Juan Muraña.
- La señora mayor.
- El duelo.
- El otro duelo.
- Guayaquil.
- El evangelio según Marcos.
- El informe de Brodie.
El libro de arena (1975)
- El otro.
- Ulrica.
- El congreso.
- There are more things.
- La secta de los treinta.
- La noche de los dones.
- El espejo y la máscara.
- Undr.
- Utopía de un hombre que está cansado.
- El soborno.
- Avelino Arredondo.
- El disco.
- El libro de arena.
La memoria de Shakespeare (1983)
Ensayos
- 1925 - Inquisiciones
- 1926 - El tamaño de mi esperanza
- 1928 - El idioma de los argentinos
- 1930 - Evaristo Carriego
- 1932 - Discusión
- 1936 - Historia de la eternidad
- 1952 - Otras inquisiciones
- 1980 - Siete Noches
- 1982 - Nueve ensayos dantescos
- 1985 - Atlas
Poesías
- 1923 - Fervor de Buenos Aires.
- 1925 - Luna de enfrente.
- 1929 - Cuaderno San Martín.
- 1960 - El hacedor.
- 1964 - El otro, el mismo.
- 1965 - Para las seis cuerdas.
- 1969 - Elogio de la sombra (poesía).
- 1972 - El oro de los tigres.
- 1975 - La rosa profunda.
- 1976 - La moneda de hierro.
- 1977 - Historia de la noche.
- 1981 - La cifra (poesía).
- 1985 - Los conjurados.
Antologías
Obras en colaboración
- 1926 - Índice de la poesía americana - antología con Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo.
- 1937 - Antología clásica de la literatura argentina - con Pedro Henríquez Ureña.
- 1940 - Antología de la literatura fantástica - con Bioy Casares y Silvina Ocampo.
- 1941 - Antología poética argentina - con Bioy Casares y Silvina Ocampo.
- 1942 - Seis problemas para don Isidro Parodi - con Bioy Casares.
- 1945 - El compadrito - antología de textos de autores argentinos en colaboración con Silvina Bullrich.
- 1946 - Dos fantasías memorables - con Bioy Casares.
- Un modelo para la muerte (1946), con Bioy Casares.
- Obras escogidas (1948).
- Antiguas literaturas germánicas (México, 1951), con Delia Ingenieros.
- El idioma de Buenos Aires (1952), con José Edmundo Clemente.
- Obras completas (1953).
- El Martín Fierro (1953), con Margarita Guerrero.
- Poesía gauchesca (1955), con Bioy Casares.
- El paraíso de los creyentes (1955), con Bioy Casares.
- Leopoldo Lugones (1955), con Betina Edelberg.
- Cuentos breves y extraordinarios (1955), con Bioy Casares.
- Los orilleros (1955), con Bioy Casares.
- La hermana de Eloísa (1955), con Luisa Mercedes Levinson.
- Manual de zoología fantástica (México, 1957), con Margarita Guerrero.
- Los mejores cuentos policiales (1943 y 1956), con Bioy Casares.
- Libro del cielo y del infierno (1960), con Bioy Casares.
- Introducción a la literatura inglesa (1965), con María Esther Vázquez.
- Literaturas germánicas medievales (1966), con María Esther Vázquez, revisa y corrige el tratado Antiguas literaturas germánicas.
- Introducción a la literatura norteamericana (1967), con Estela Zemborain de Torres.
- Introducción a la literatura latinoamericana (1967), con Esther Zemborain de Torres.
- Crónicas de Bustos Domecq (1967), con Bioy Casares.
- El libro de los seres imaginarios (1967), escrito en colaboración con Margarita Guerrero.
- Nueva antología personal (1968).
- Prólogos (1975).
- Qué es el budismo (1976), con Alicia Jurado.
- Diálogos (1976), con Ernesto Sábato.
- Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977), con Bioy Casares.
- Breve antología anglosajona (1978), con María Kodama.
- Obras completas en colaboración (1979).
- Atlas (1985), con María Kodama.
Recopilaciones
- Textos cautivos (1986), textos publicados en la revista El Hogar.
- Borges en el hogar (2000), textos publicados en la revista El Hogar.
Guiones de cine
- 1939 - Los orilleros - Escrito en colaboración con Adolfo Bioy Casares.
- 1940 - El paraíso de los creyentes - Escrito en colaboración con Adolfo Bioy Casares.
- 1969 - Invasion - Escrito en colaboración con Adolfo Bioy Casares y Hugo Santiago.
- 1972 - Les autres - Escrito en colaboración con Hugo Santiago.














.jpeg)
.jpeg)
