De todo te olvidas (Cabeza de novia) - Tango cantado por Carlos Gardel (1929)
Buenos Aires Vos Quien Sos - Julieta Laso (2018)
Caprichosa, la reina del Plata
Colecciona amores que te matan
Goyeneche, Troilo, Maradona
Macedonio, Borges y un idioma
Que va al vesre como este destino
Gambeteando piñas, Nicolino
Sos Eladia y nazar anchorena
El peine de Ringo Bonavena
La que me hace llorar, la dueña de mi amor
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
La de avenida Alvear, puta en Constitución
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
La risa de Gardel, las manos de Perón
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
Lisandro y yo en un bar, Narciso al mostrador
Esta alergia cada primavera
Coche te pisa, bondi que no frena
Sos Cerati, Charly, Luca Prodan
Nelly Omar y Manzi, Ferrer y Piazzolla
Reino del revés de María Elena
Ya no habrá más olvido ni pena
Clase media, progre y remolona
Merca que acelera las neuronas
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
Luis Spinetta luz, Miguel Abuelo sol
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
Los tanos del café puteando contra Dios
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
Martín de Villarreal, los pibes Cromañón
Político miente, palomas al cielo
Rosalinda, oasis en Flores
Santa Rita con su mal de amores
La Boca, Quinquela, la Fernández Fierro
Mis noches de gato, mis días de perro
Pecados y culpa, virgen milagrosa
Trucho que te vende cualquier cosa
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
La Mezzeta, Güerrín, cerveza en El Balón
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
El Laucha con su cruz, las noches del Tuñón
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
La barra de José por puente Pueyrredón
Clarín, La Nación, Espíritu Santo
San Martín de Tours, Liniers, Mataderos
Villa 21 y Puerto Madero
Umbral, calle Honduras, verso de Carriego
Moris caminando por plaza Dorrego
Libros por Corrientes, San Telmo empedrado
Las mejores minas que hay ningún lado
Paragua de fumar, abril lleno de flor
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
El hotel Castelar, Rivadavia y Rincón
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
Sos Lugano 1 y 2, el Tripa con Limón
(Buenos Aires, ¿vos quién sos?)
Tu maldita humedad, tu bendita canción
Minero
Hoy pasó una nueva lectora
y le conté que Evaristo
Carriego era poeta.
Y me dijo: Pensé que era minero.
Minero del alma, respondí.
Puede ser... dijo ella.
Biblio-traficantes
A Carolina Esses
Tengo una amiga poeta y pisciana
12 años mayor que yo.
Nos unió el trabajo en cultura.
Por momentos es como una hermana
por otros es más como una tía.
Pero la mayor parte del tiempo
la siento como una madrina.
No digo hada por cuestiones obvias
porque es humana como yo y como vos.
Pero ella sí que me provee de libros
más que nadie.
Se sabe entre lectores que no todos
son tan buenos a la hora de prestar
sus libros más preciados.
Pero Caro conmigo sí.
Nuevos o viejos, en inglés o en castellano.
Y siempre el intercambio es rico y conversado
antes, durante y después
cuando se los devuelvo.
En general son autores que amamos
como la amistad que nos une.
Casa de Carriego en Revista Gente (fragmento - c.1976)
Carriego
"Se nos confía que nuestro Evaristo Carriego nació en 1883, el 7 de mayo, y que rindió el tercer año del nacional y que frecuentaba la redacción del diario La Protesta y que falleció el día 13 de octubre del novecientos doce, y otras puntuales e invisibles noticias (...) Yo pienso que la sucesión cronológica es inaplicable a Carriego, hombre de conversada vida y paseada. Enumerarlos, seguir el orden de sus días, me parece imposible. (...) Literariamente, sus juicios de condenación y de elogio ignoraban la duda. Era muy alacrán: maldecía de los más justificados nombres famosos con esa evidente sinra-zón (...) y ver cómo sigue...
(...) llegar a Bulnes vivía la familia Garmendia, y en la esquina de Honduras y Soler, muy cerca de la casa de la familia Silva, se levantaba la farmacia Doucont. Entre la farmacia y la casa de los Carriego vivía Mateo Ruiz Díaz. Eran los únicos vecinos. Con el correr de los años la calle fue transformándose. Lo que era una huella de carros se había ensanchado ahora y lucía flamantes veredas, árboles recién plantados y casas bajas recién pintadas.
El otoño, muchachos.
Ha llegado sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches del verano
se va apagando a la oración.
La gente abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente...
El patio: lugar de inspiración al que se asomaba la bohardilla del poeta. Siguen allí las macetas rojas, los malvones y las baldosas rotas, pequeñas trampas anegadas.
Clemencia Salmerón, otra habitante: "Pues verá usted, como nosotros no le conocimos, nos da lo mismo que entrara por esta misma puerta o no. Ahora quieren hacer un museo."
La penúltima puerta de la casa da una cocina. Alguna vez hubo un fogón de leña. Sobre el marco de la puerta una llave de luz añora otros tiempos, cuando era usada para iluminar los últimos juegos de los niños.
¡Qué modo de llover! Furiosamente
en el techo de zinc el aguacero tamborilea sin cesar.
Lo grave es que se llueve aquí peor que afuera,
y hay para rato, es natural...
Quién sabe cómo diablos se ha abierto esta gotera.
Los "inquilinos de Carriego" admiten con fastidio que se los llame así. Desde hace muchos años los únicos cuatro habitantes de la casa han compartido sus vidas amparados (y desamparados) por la sombra de Carriego.
Carriego y el sentido del arrabal - Jorge Luis Borges (en El tamaño de mi esperanza, 1926)
Jorge Luis Borges (en El tamaño de mi esperanza)
Primera edición: Editorial Proa, Buenos Aires, 1926.
Edición actual: Seix Barral, Buenos Aires, 1993.
El valor o la simulación del valor era una felicidad y Ño Moreira (orillero de Matanzas ascendido por Eduardo Gutiérrez a semidiós) era todavía el Luis Ángel Firpo que los guarangos invocaban. Evaristo Carriego (el entrerriano evidente que indiqué al principio de estos renglones) miró para siempre esas cosas y las enunció en versos que son el alma de nuestra alma.
Tanto es así que las palabras arrabal y Carriego son ya sinónimos de una misma visión. Visión perfeccionada por la muerte y la reverencia, pues el fallecimiento de quien la causó le añade piedad y con firmeza definitiva la ata al pasado. Los modestos veintinueve años y el morir tempranero que fueron suyos prestigian ese ambiente patético, propio de su labor. A él mismo le han investido de mansedumbre y así en la fabulización de José Gabriel hay un Carriego apocadísimo y Casi mujerengo que no es, ciertamente el gran alacrán y permanente conversador que conocí en mi infancia, en los domingos de la calle Serrano.
Sus versos han sido justipreciados por todos. Quiero enfatizar, sin embargo, que pese a mucha notoria y torpe sensiblería, tienen afinaciones de ternura, inteligencias y perspicacias de la ternura, tan veraces como ésta:
Y cuando no estén ¿durante cuánto tiempo aún se oirá su voz querida en la casa desierta?
Cómo serán
en el recuerdo las caras que ya no veremos más?
Quiero elogiar enteramente también su prosopopeya al organito, composición que Oyuela considera su mejor página, y que yo juzgo hecha de perfección.
El ciego te espera
las más de las noches sentado
a la puerta. Calla y escucha.
Borrosas memorias de cosas lejanas
evoca en silencio, de cosas
de cuando sus ojos tenían mañanas,
de cuando era joven la novia ¡quién sabe!
El alma de la estrofa trascrita no está en el renglón final; está en el penúltimo, y sospecho que Carriego la ubicó allí para no ser enfático. En otra composición anterior intitulada El alma del suburbio ya había esquiciado el mismo sujeto, y es hermoso comparar su traza primeriza (cuadro realista hecho de observaciones minúsculas) con la definitiva, grave y enternecida fiesta donde convoca los símbolos predilectos de su arte: la costurerita que dio aquel mal paso, la luna, el ciego.
Son todos ellos símbolos tristes. Son desanimadores del vivir y no alentadores. Hoy es costumbre suponer que la inapetencia vital y la acobardada queja tristona son lo esencial arrabalero. Yo creo que no. No bastan algunos desperezos de bandoneón para convencerme, ni alguna cuita acanallada de malevos sentimentales y de prostitutas más o menos arrepentidas. Una cosa es el tango actual, hecho a fuerza de pintoresquismo y de trabajosa jerga lunfarda, y otra fueron los tangos viejos, hechos de puro descaro, de pura sinvergiencería, de pura felicidad del valor. Aquéllos fueron la voz genuina del compadrito: éstos (música y letra) son la ficción de los incrédulos de la compadrada, de los que la causalizan y desengañan. Los tangos primordiales: El caburé, El cuzquito, El flete, El apache argentino, Una noche de garufa y Hotel Victoria aún atestiguan la valentía chocarrera del arrabal. Letra y música se ayudaban. Del tango Don Juan, el taita del barrio recuerdo estos versos malos y bravucones:
En el tango soy tan taura que cuando hago un doble corte, corre la voz por el Norte si es que me encuentro en el Sur.
Pero son viejos y hoy solamente buscamos en el arrabal un repertorio de fracasos. Es evidente que Evaristo Carriego parece algo culpable de esa lobreguez de nuestra visión. Él, más que nadie, ha entenebrecido los claros colores de las afueras; él tiene la inocente culpa de que, en los tangos, las chirucitas vayan unánimes al hospital y los compadres sean desvencijados por la morfina. En ese sentido, su labor es antitética de la de Álvarez, que fue entrerriano y supo aporteñarse como él. Hemos de confesar, sin embargo, que la visión de Álvarez tiene escasa o ninguna importancia lírica y que la de Carriego es avasalladora. Él ha llenado de piedad nuestros ojos y es notorio que la piedad necesita de miserias y de flaquezas para condolerse de ellas después. Por eso, hemos de perdonarle que ninguna de las chicas que hay en su libro consiga novio. Si lo dispuso así fue para quererlas mejor y para divulgar su corazón hecho lástima sobre su pena.
Este brevísimo discurso sobre Carriego tiene su contraseña y he de reincidir en él algún día, solamente para ensalzarlo. Sospecho que Carriego ya está en el cielo (en algún cielo palermense, sin duda el mismo donde se los llevaron a los Portones) y que el judío Enrique Heine irá a visitarlo y ya se tutearán.
Un cuchillo en el norte - Jorge Luis Borges (Para las seis cuerdas, 1965)
Allá por el Maldonado,
allá por el barrio gris
que cantó el pobre Carriego,
tras una puerta entornada
que da al patio de la parra,
donde las noches oyeron
el amor de la guitarra,
habrá un cajón y en el fondo
dormirá con duro brillo,
entre esas cosas que el tiempo
sabe olvidar, un cuchillo.
Fue de aquel Saverio Suárez,
por más mentas el Chileno,
que en garitos y elecciones
probó siempre que era bueno.
Los chicos, que son el diablo,
lo buscarán con sigilo
y probarán en la yema
si no se ha mellado el filo.
Cuántas veces habrá entrado
en la carne de un cristiano
y ahora está arrumbado y solo,
a la espera de una mano,
que es polvo. Tras el cristal
que dora un sol amarillo,
a través de años y casas,
yo te estoy viendo, cuchillo.
En Para las seis cuerdas (emecé, 1965)
Susana Thénon por Tian Firpo en la Carriego
Técnica: Aerosol y marcador sobre vidrio.
Medidas: 80x70cm.
A 3 años de la reinauguración (que fue el jueves 27 de enero de 2022), la Casa de Carriego celebra y agradece la donación de parte del artista Tian Firpo, vecino amigo de la casa y artista de Palermo, que ha realizado murales en blanco y negro de músicos por la zona, y ha donado también muchos buenos libros a la casa cuando reabrió.
Se trata del retrato que realizó de Susana Thénon, poeta argentina (Buenos Aires, 7 de mayo de 1935 - 5 de abril de 1991).
Más info: instagram.com/poesiadesdelacarriego
Honduras 3784. Palermo, CABA, Argentina
Atención al público: Lunes a viernes, de 10 a 20hs.
Contacto: carriego.dgplbc@gmail.com
Luis Alposta
El jueves que pasó hablé un rato
por teléfono, con Luis Alposta
poeta y médico que formó parte de
la Asociación Amigos de la Casa
de Carriego, en los setenta.
En un momento le dije:
Viste que está bueno tener aliados...
Me contestó: Qué te parece.
Asociación Amigos de la Casa de Carriego 1977
A casi tres años de la reinauguración de la Casa de Carriego (también llamada Casa de la Poesía / Biblioteca Evaristo Carriego), que fue el jueves 27 de enero de 2022, esta casa está muy contenta de poder compartir con uds material de archivo sobre la historia de este lugar, que por esto mismo (su historia y memoria) llegó a ser un espacio público abierto para todos los ciudadanos. Se trata de un documento de la Asociación Amigos de la Casa de Carriego (con oficina en la calle Manzanares) que nos ha llegado a través de Darío Anania, nieto de Enrique Nicolai, quien formó parte de dicha Asociación en los setenta.
Enrique Nicolai (1925-2004) era un lector apasionado y autodidacta, no había estudiado ninguna carrera de grado (aunque le hubiese gustado ser abogado). Trabajaba en Obras Sanitarias (actual Aguas Argentinas) hasta que se jubiló. Uno de sus mejores amigos era Esteban Vigna, hermano de Juan Vigna, que también pertenecía a la Asociación y que aparece en el archivo como uno de los donantes.
PDF del documento completo
Poesía desde la Carriego
Casa de Carriego / Casa de la Poesía / Biblioteca Evaristo Carriego
Honduras 3784. Palermo, CABA, Argentina
Atención al público: Lunes a viernes, de 10 a 20hs.
Contacto: carriego.dgplbc@gmail.com
Más info: instagram.com/poesiadesdelacarriego
La guitarra - Evaristo Carriego (en Misas Herejes, 1908)
LA GUITARRA
Porque en las partituras de su garganta
ella orquesta la risa con el lamento,
porque encierra una musa que todo canta,
es la polifonista del sentimiento.
Por la prima aflautada vuelan las aves
de las notas chispeantes y juguetonas,
y, poblando el ambiente de voces graves,
Arco de mil envíos. Carcaj de amores,
hacen sus flechas raudas líricas presas,
así como, en la pauta de los rencores,
suele rugir el pueblo sus marsellesas.
Ella lauda en su solfa los caballeros
del valor o del arte, y aun hay un gajo
de laurel para todos los cancioneros
de la fértil Provenza del barrio bajo.
Por eso elogia siempre los más sensibles
finos ensueños, como también halaga
las audaces pasiones irresistibles
de los fieros Tenorios de poncho y daga.
La luz de un viejo idilio, como aureola
que ciñe su cordaje, quizás le llega
desde el fondo de un rancho: que aunque española,
conoció el amor gaucho de Santos Vega.
Bajo el alero en ruinas, contando duras
malas correspondencias a sus deseos,
con la magia vibrante de sus ternuras
cautivan a las mozas criollos Orfeos.
Ella inspira en el baile las alabanzas
de floridos requiebros y relaciones,
o las citas fugaces en las mudanzas
de los tristes cielitos y pericones.
O, a los lentos acordes provocativos,
en su seno se agitan las habaneras,
que, libertando locos besos cautivos,
se desmayan sensuales en las caderas.
Organos y clarines, sus voces finas
suenan, cuando en el rojo de sus vergeles
florece la amargura de las espinas
y sangra la epopeya de los laureles.
A sus cordiales sones apasionados,
en las noches alegres de serenatas;
envían los galanes desconsolados
sus doloridas quejas a las ingratas...
Por sus historias pasan, como un gemido
que presagiase largos fatales duelos,
las románticas cuitas del pecho herido,
o las rojas venganzas de los Otelos.
Cuando la pulsan toscas manos brutales,
ella tiene temores de sensitiva,
como bajo opresiones espirituales
insinúa caprichos de novia esquiva.
—Melodiosos mensajes de las constancias—
se mecen las memorias en sus cadencias,
y desde el infinito de las distancias
vienen los «no me olvides» a las ausencias.
Ofrenda generosa de un dulce instante
que llenase la caja de ritmos ledos,
en las cuerdas sonoras puso una amante
el beso, que, aun borrado, quema los dedos.
Calandrias fugitivas que van pasando,
de tiempos de leyenda vivo trasunto,
por ella todavía cruzan vagando
los derroches de ingenio del contrapunto.
Modulando responsos conmovedores,
en la exaltación honda de su noble estro,
dice las odiseas de payadores
que murieron cantando como el Maestro.
En las manos del majo su gracia encela
el alma de las chulas—sangre bravía—
y, en su carmen de amores, vino y canela,
revientan los claveles de Andalucía!
Castañuelas, jaleos, ricos mantones,
manolas, bizarrías, rosas bordadas...
¡Se perfuman las sedas de sus canciones
en el patio de aromas de las Granadas!
Corona los aplausos que le merecen
las ágiles hazañas de los toreros,
o sobre algún sombrío cuento aparecen
evocadas visiones de bandoleros.
Vive en los Escoriales de los blasones,
o en las Trianas flamencas de las Sevillas,
¡y ya es una marquesa de áureos salones,
ya la pobre muchacha de las bohardillas!
Por eso, luce orgullos de aristocracia
en la altivez de regios rasos triunfales,
como también se llena de humilde gracia
en la coquetería de los percales.
A sus cálidos ritmos, de suaves tonos,
en su hamaca de nervios y fantasía,
mecen provocadoras sus abandonos
las seis líricas damas de la Harmonía.
Es la polifonista del sentimiento;
es la de los dolores y los placeres:
¡la que orquesta la risa con el lamento,
la que canta aleluyas y misereres!
"La calle junto a la luna" (1951) con Narciso Ibañez Menta / Dir. Román Viñoly Barreto
Tumba de Evaristo Carriego (1883-1912) en el Cementerio de Chacarita
Gracias a Alicia Ester Colarossi, vecina amiga de la Casa de Carriego, por compartir su experiencia y las fotos al pasar por la tumba de Carriego en Chacarita. Gracias a ella por el detalle.
Antonio Requeni sobre Carriego (en el Centenario de su muerte)
Poesía desde la Carriego
Casa de Carriego (Honduras 3784, Palermo) - Recorte en Primera plana (01/02/1972)
INSISTENCIAS
CHEZ EVARISTO
Empezó con una carta cuyo encabezamiento versificaba: “Al señor Intendente Municipal, don Francisco Rabanal”. Felicitaba al Lord Mayor por su proyecto de conservar el edificio “en el que habría funcionado la jabonería de Vieytes”. La iniciativa radical fue arrasada, más tarde, por esa demoledora tozudez de Manuel Iricíbar: la prolongación de la avenida 9 de Julio aventó familias y reliquias.
Pero una segunda intención guardaba la esquela que firmó José María Mieravilla, 50, casado, un hijo, pintor y bancario: desde 1965 forcejea para que esa vieja casa, en Honduras 3784, reúna a las musas, a los objetos y a los recuerdos de Evaristo Francisco Estanislao Carriego, quien allí viviera para escribir Misas Herejes, y supo encontrarse con la muerte.
“Todos mis amigos sabían que mi obsesión era conseguir que la casa de
Carriego se convierta en museo y biblioteca —acepta Mieravilla—. Un día, en una reunión, me presentaron a un señor. «Este es el hombre que te puede ayudar», me dijeron. Yo estaba bastante decepcionado, porque todos prometían muchísimo y nadie hacía nada. «Tiene pinta de chanta», pensé. Aunque no de buena gana, le expliqué el asunto. «En tres días va a tener noticias», me contestó. Era Pedro Llorens, el actual Intendente de San Isidro.”
Otra carta tenía un comienzo más coloquial: “Estimado Montero”. Entre contadores (Llorens también lo es) se entendieron; el tuteo rompió vallados burocráticos, y la respuesta aseguraba: “Te pondré al tanto de lo resuelto, en cuanto tenga una respuesta efectiva”. El proyecto yacía, la semana última, en la sección Inmuebles y Concesiones. La casa —cuatro piezas, dos baños, una cocina en la planta baja; una habitación en el primer piso— es propiedad de Julio Carriego, 79, hermano de Evaristo, quien aceptó ceder el solar a la Municipalidad en 5.000.000 de pesos, “al contado y dentro de un plazo prudencial’’, aunque el comprador deberá saldar una hipoteca de 200.000 pesos.
Un italiano (Santos Maddalena), un matrimonio de navarros (Julián Salmerón, Nemetria Esquer) y una andaluza (Juana Góngora) habitan la casa, cuidan el gomero y las plantas que bordean el patio abierto; las paredes ya no soportan, dignamente, el revoque de una construcción que se terminó el 8 de octubre de 1898. Los moradores saben que “acá quieren hacer un museo, porque nos lo dijo el señor Carriego; pero si nos echan, la Municipalidad va a darnos un departamento con las mismas comodidades”.
Tal vez así sea; quizá 5.200.000 escapen del presupuesto municipal, para que Evaristo Carriego regrese, taconeando el empedrado de su calle, al Palermo que abandonó el domingo 13 de octubre de 1912, a una hora que los duendes poéticos eligen para cerrar sus ojos: las 8 de la mañana.
PRIMERA PLANA Nº 470 • 1º/II/72
Poesía desde la Carriego
Palabras pronunciadas por Jorge Luis Borges, en el “Patio de Carriego” el 20/12/1975, en ocasión de ser nombrado presidente honorario de la Asociación Amigos de la Casa de Evaristo Carriego.
Palabras pronunciadas en el “Patio de Carriego” por Jorge
Luis Borges, el 20 de diciembre de 1975, en ocasión de ser nombrado presidente honorario
de la Asociación Amigos de la Casa de Evaristo Carriego.
Señoras, señores, amigos:
Me
conmueven tantas cosas ahora. Me conmueve, desde luego, presidir esta reunión,
y también me conmueve estar en – casa de Evaristo Carriego al cabo de tantos
años, y me conmueven los muchos recuerdos de Carriego. Quizá yo podría
mencionar que solía comer todos los domingos en casa y recordar nombres de
otros contertulios. Me acuerdo de mi primo Álvaro Melián Lafinur, también del
barrio, de Alfredo Palacios, también del barrio, Marcelo del Mazo también del
barrio, de Charles de Soussens, amigo de Carriego; y pienso sobre todo en mi
padre, ya que fueron tan amigos con Carriego. Los dos eran entrerrianos. Recuerdo
que Carriego -que hablaba un poco enfático- solía decirle a mi padre: “Aquí estamos los
dos entrerrianos” y mi padre le contestaba: “Sí, y como todos los entrerrianos
que pueden, estamos en Buenos Aires”. Y creo que sería injusto, ya que he
hablado de esa patria común, Entre Ríos, sería injusto no hablar del Dr.
Carriego y de aquel acto de valor suyo, cuando en la legislatura de Paraná se
propuso erigirle una estatua a Urquiza, una estatua en vida; el Dr. Carriego se
jugó, se jugó la garganta podríamos decirlo, oponiéndose y diciendo que las
estatuas merecidas o no sólo podrían ser erigidas por la posteridad y que esas
estatuas en vida podían ser actos de obsecuencia o de servilismo y se que el
Dr. Carriego habló dos días en la legislatura y convenció a todos, es decir que
cuando Carriego hablaba del honor de los entrerrianos, tenía ese ejemplo de
valor, y sin duda otros, en su familia.
Y
ahora que hablo de Carriego, recuerdo otro rasgo entrerriano suyo. Él contaba
-y contaba muy bien sin duda lo había hecho muchas veces- la muerte de Ramírez,
el que había derrotado a Artigas; habló de la muerte de Ramírez defendiendo a
su Delfina y recuerdo que Carriego lo contaba muy bien.
Pero
quiero volver a otro recuerdo personal de Carriego y es que yo le debo a él,
indirectamente, la revelación de la poesía, porque yo siempre había creído que la
poesía era un medio de comunicación, esa una serie de signos, pero yo no sabía
que la poesía puede ser también, una magia, una música, una pasión, hasta una
noche en que Carriego, en casa, recitó un largo poema del cual no entendí una
palabra; pero en poesía no es preciso entender; la poesía es un lenguaje tan
misterioso como la música del cual un crítico austríaco dijo “es un lenguaje que
todos pueden entender, que muchos pueden usar y que nadie puede traducir”. Y lo
mismo sucede con la poesía. Y ahora vuelvo a mi anécdota. Carriego, en casa -estoy
hablando del barrio, nosotros vivíamos en Serrano y Guatemala- recitó el poema “El
Misionero” de Almafuerte y entonces yo sentí, acaso por primera vez en mi vida,
la poesía; y recuerdo que Carriego era muy devoto de Almafuerte, hasta puedo
recordar algunos versos que él dijo
entonces:
“Yo deliré de hambre en rudos días / y dormí de frío en
torvas noches, / para salvar a Dios de los reproches / de su hambre humana y de
sus noches frías.”
Bueno, la poesía me fue revelada esa noche y hay un hecho
sobre el cual quisiera insistir. Es que Carriego empezó siendo discípulo de
Almafuerte y recuerdo aquel poema “Los Lobos”, ahora olvidado porque es natural
que se haya buscado el otro lado de Carriego, el lado vernáculo y no aquel
largo poema que él recitaba tan bien, empezaba:
Una
noche de invierno, tan cruda
que
se fue del portal la Miseria,
y
en sus camas de los hospitales
lloraron
al hijo las madres enfermas,
con
el frío del Mal en el alma
y
el ardor del ajenjo en las venas,
tras
un hosco silencio de angustias,
un
pobre borracho cantó en la taberna.
Y luego
él habla de la calle, de la calle, mitad real y mitad alucinatoria y que dice "La invadieron aullando los lobos. Asómate, hermano, la calle está llena”. Y al
final el poema corta porque el borracho se ha quedado dormido, y dice “y por
eso la loca, la extraña mitad de aquel canto, quedó en la botella”. Es un poema
ahora casi olvidado de Carriego, tiene un rasgo que fue echado en cara por los
críticos. Se dice que esa mención del ajenjo entonces, que los malevos llamaban
“suisé” era una bebida común en los almacenes, de modo que cuando Carriego habló
del ajenjo no estaba pensando en los poetas simbolistas de Francia o los
decadentes de Londres; estaba pensando en el ajenjo y en los borrachos que él había
visto en los almacenes que por mención literaria él llamaba taberna lo cual es
la palabra justa también.
De modo que en Almafuerte, en el vasto Almafuerte, tenemos una de raíces de Carriego, y luego tendríamos la otra que en aquel movimiento que ahora se ve como algo pretérito pero que sigue viviendo, el modernismo, porque Carriego como todos los hombres de su generación de la generación anterior también, sintió esa vasta libertad, esa vasta respiración, esa nueva entonación del idioma que fue el modernismo; y recuerdo su devoción por Darío, esa devoción que Lugones compartía también. Yo he conversado con Lugones seis o siete veces en mi vida y cada una de esas veces Lugones desviaba la conversación para hablar de “mi amigo” (lo decía con tonada Cordobesa), “de mi amigo y maestro Rubén Darío”, lo cual tratándose de un hombre de la soberbia y soledad de Lugones era muy significativo . Pues bien, Carriego empezó siendo un mediano poeta modernista, un buen discípulo de Almafuerte y luego ocurrió algo. Yo creo -esto lo he dicho en algún cuento- pero qué otra cosa le queda a un hombre de 70 y tantos años sino repetirse, yo creo que la vida de los hombres consta, simbólicamente, es decir esencialmente, de un solo momento, el momento en el cual un hombre se descubre, el momento en el cual un hombre sabe quién es, y en ese momento se ve claramente, se ve como si fuera otro y ve sus límites también, y no sólo sus límites, sino también sus posibilidades; porque un muchacho joven no sabe muy bien quién es, un muchacho joven es ilimitado, no sabe cuál será su destino, es decir cuál será su forma, y aquí podemos recordar aquello de Heráclito: “El destino de un hombre es su carácter” y un muchacho joven todavía, todavía es cualquiera, casi podemos decir que no es nadie, hasta un momento en el cual él ve de golpe su destino. Ahora, desde luego, yo no puedo saber cuál fue ese momento en la vida de Carriego; pero sí que ocurrió; y podemos imaginar cualquier cosa. Yo, en algún escrito mío, he imaginado a Carriego en esta casa, leyendo las novelas de Dumas que le gustaba tanto, leyendo “El Quijote” que tiene un hermoso poema en el cual, Andresillo, de Don Quijote habla, leyendo, quizá alguna de las novelas del tan injustamente olvidado Eduardo Gutiérrez, leyendo posiblemente a Fierro. Y luego algo ocurrió; y ese algo podemos inventarlo nosotros ya que quizá el mismo Evaristo Carriego lo olvidaría después; en todo caso esa mentira mía, será simbólicamente cierta. Carriego vio algo, puede haber visto por la ventana a Juan Muraña, el cuchillero que cruzaba la calle; puede haber visto a Muraña u otro con un gallo bajo el brazo -en aquel tiempo eran comunes las riñas de gallo- puede haber oído simplemente, puede haber oído el organito al cual se refiere tantas veces.
Recuerdo aquel último poema, ese tan hermoso, que termina, con el ciego que evoca “memorias de cosas de cuando sus ojos tenían mañanas”. Y luego el organito que se va y Carriego concluye con este verso tan simple que nos parece inevitable, tan admirable que nos parece inevitable “Y habrá quien se quede mirando la luna desde alguna puerta”. Mirando la luna. Y en esa frase esté el Palermo de casa bajas de entonces, el Palermo de los huecos. Es decir, Carriego de pronto, sintió y la realidad no estaba en los hechos lejanos, la realidad no estaba, digamos, en las proezas de los tres mosqueteros o en las malandanzas de un seños Manchego por los caminos de Castilla, o en las princesas o en los lagos de Darío, la realidad estaba ahí, la realidad estaba como siempre aquí y ahora, y en ese momento el sintió el barrio; y en ese momento, él descubrió lo que sería capital para él y para todos nosotros, él descubrió este arrabal, lo era entonces, yo lo recuerdo; y las orillas de Buenos Aires. El descubrió ese tema; y luego tenemos su libro “El Alma del Suburbio” incluido en “Misas Herejes” del cual guardo un ejemplar en casa dedicado a mi padre a quien le pone “Mi compatriota en la República de Entre Ríos” y luego lo firma con la rúbrica que era de uso entonces, la caligrafía no era un arte perdido como ahora, que las máquinas de escribir la han perdido, y ahí esta el tema, es decir Carriego vio, fue el primer escritor que vio esas cosas. Y luego hay precursores remotos, tenemos a Zicardi con su libro extraño, pero hoy la visión de Almagro que era Zicardi está como ahogada por una pesada retórica; en cambio Carriego vio esas cosas, y la vio no solo para él y para su poesía, sino para tantos otros y entre esos tantos otros -no quiero hacer un catálogo de nombres- pero uno de sus herederos, uno de sus discípulos fui yo, sigo sinédolo yo, ya que he dedicado buena parte de mi vida a prolongar y fijar, ahondar o a variar esa visión que Carriego dio en aquel libro. En aquel libro están lo que yo creo las composiciones esenciales de Carriego. Por ejemplo aquel poema que él dedicó a la memoria de Juan Moreira. Moreira entonces era el símbolo del gaucho como lo fue después Martín Fierro, pero eso fue obra de Lugones que publicó “El Payador”, creo que en 1916. En aquel tiempo se pensaba en Moreira y se pensaba quizás menos en Moreira histórico, un personaje bastante vulgar, sino en Moreira exaltado por Eduardo Gutierrez en la novela del mismo nombre y luego difundido por los Podestá y su carpa en toda la República; y Carriego canta a un cuchillero de este Palermo; y puedo recordar los versos que sin duda están en la memoria de ustedes: “El Barrio (Palermo) lo admira cultor del coraje/ conquistó a la larga renombre de osado/ se impuso en cien riñas entre el compadraje/ y de las prisiones salió consagrado” Y luego estos versos: “Le cruzan el rostro de estigmas violentos/ hondas cicatrices, y quizá lo halagan/ llevar imborrables adornos sangrientos/ caprichos de hembra que tuvo la daga”. “Llevar imborrables adornos sangrientos”, es quizás uno de los versos menos conocidos de Carriego y quizá el mejor; parece que hay como una suerte de digamos armonía entre esos versos de esos sonidos duros y las duras cosas que evoca “llevar imborrables adornos sangrientos” y luego aquel otro verso “caprichos de hembra que tuvo la daga”. Carriego posiblemente no sabía que en la Edad Media existió la misma relación entre el paladín y la espada.
La
espada que en la poesía -digamos en la poesía de la materia de Francia y en la
poesía sajona, en la poesía escandinava- lleva siempre nombre de mujer. La espada
era como, como la mujer de este guerrero, había una relación de amor entre los
dos y eso Carriego lo redescubre, lo redescubre no por erudición libresca sino
por intuición poética así realmente lo descubre “caprichos de hembra que tuvo
la daga”. La daga lo traicionó al malevo en esa pelea y luego recuerdo aquel
otro poema, el poema sobre el muchacho guitarrero, está tocando la guitarra en
el rincón del patio que adorna la parra. Eso ya corresponde a un Buenos Aires
que ha pasado. El Buenos Aires de las casas con muchos patios, generalmente el
primero ajedrezado, el segundo de baldosas coloradas, en el tercero, si había
un tercero, la parra, y ahí está el guitarrero que tocando su guitarra para la
despectiva moza que no quiere salir de la pieza, y él luego habla, el habla de
aquel guitarrero y dice “este Palermo lo he oído quejarse cantando si los que preceden
a la puñalada” y dice “en el pecho un hosco rencor pendenciero que los negros ojos
la luz del cuchillo”. Todo eso lo vio Carriego, y un día, si es que los hombres
podemos usar la palabra siempre, una palabra que parece estar reservada para
los dioses que ningún hombre puede usar, el vio esas cosas para siempre, es
decir tuvo la visión de lo ético de esos destinos que entonces y hasta entonces
nadie había visto, o visto simplemente para los fines jocosos como los
saineteros y creo que en este libro está el Carriego esencial; pero después a
Carriego le ocurrió -creó que ocurrió con el tango digamos, tenemos al
principio la milonga, la milonga valerosa y feliz y luego después se hace
sentimental y doliente- yo diría que con Gardel y la Cumparsita que son
posteriores a Carriego ciertamente empieza la decadencia del tango en que
estamos hoy; pero y el hecho de que el país fuera cambiando, de que el país ya
fuera ablandándose quizá ya empieza a reflejarse en la última hora de Carriego
en que se pasa de lo ético a lo sentimental; pero yo creo que lo esencial fue
lo ético que es lo que Carriego vio en sus primeras composiciones, en algunas
que son brutales realmente, por ejemplo “El Amasijo”. Ahí el usa de una palabra
lunfarda. Desde luego el lunfardo de entonces era un lunfardo muy pobre; no lo
habían enriquecido los saineteros, los autores de letras de tango; pero era un
lunfardo expresivo y era esencial, ya que no estaba hecho para hacer ostentación
de vocabulario, eran algunas palabras necesarias que habían surgido y que
Carriego uso muchas veces.
Carriego
muere a los 29 años, la misma edad de la muerte de Keats creo, si, y de otros
poetas, pero el pudo morir porque creo que ya había dado su medida, no sé si
hubiera dado otras cosas después. Quizás hubiera insistido en lo ya hecho. Lo importante
es que él dejó ese libro y que en ese libro está buena parte de la literatura
argentina venidera. Después, cuántos han hablado sobre esos temas, Arlt, por
ejemplo es uno de ellos; cuántos hemos hablado sobre esos temas. Yo soy uno y
yo pienso persistir porque veo en ese tema del arrabal, veo todo lo que
Carriego llamó el culto del coraje. El poema suyo “El Guapo” al cual me gusta
volver, empieza así “El barrio lo admira, cultor del coraje” es decir, es algo
que casi ha desaparecido ahora, desde luego ahora hay una mala vida, mucho más
copiosa que la de entonces, mucho más frecuente: tenemos crímenes todos los
días, aquello no ocurría entonces, pero el coraje de entonces era un coraje
desinteresado. Yo sé. He oído este caso sabido de él, no sólo en Palermo sino
en la provincia de Buenos Aires, en Entre Ríos, en la República Oriental, en
Corrientes, en Córdoba. El caso de un hombre que fue a desafiar a otro,
simplemente porque el otro tenía fama de valiente y quería saber cuál de los
dos era mejor, y luego la pelea que se llevaba a cabo no porque hubiera una
mujer o porque hubiera dinero de por medio, sino simplemente por esa emulación
y en esa frase “cultor del coraje” está resumido esa suerte de religión, esa
pobre gente, gauchos algunos, otros aquí serían cuarteadores. Esto algunas
veces degeneró en compadrada, pero en general yo creo que esa religión existió
y sé que tuvo sus formas. Eduardo Gutierrez ha historiado algo de esto, es
decir se consideraba horrible que un hombre madrugara a otro, el hecho de
llamar pegador a un hombre o madrugador era un insulto hasta el mero hecho de
usar armas de fuego también. La pelea tenía que ser a cuchillo y no se hacía
nunca en las casas, había que respetar las casas, aunque la casa fuera una casa
de mala vida, o una taberna. La frase era; “que vamos saliendo en la calle”. Sucedían
las cosas y solía terminar del modo que sabemos, pues bien, todo eso lo sintió
Carriego, lo sintió por su ascendencia criolla; él tenía el orgullo de ser
criollo. Me acuerdo que decía alguna vez medio en broma “los italianos tienen
apellidos despectivos”. El sintió todo eso, y todo eso lo ha trasmitido en unas
pocas páginas; pocas pero preciosas y esenciales, y creo que con esto habré
expresado lo que Carriego significa para mi y seguirá significando para mi,
porque cuando yo vuelvo a estos temas, he vuelto muchas veces, he hablado no
sólo de los malevos de la tierra del fuego, del barrio de la penitenciaría, de
este barrio, del barrio de Maldonado también, sino los de Turdera, tierra
dentro, cada vez que me ocupado de ellos he sentido que no estaba solo, que
Carriego estaba observándome, he sentido esa presencia tutelar de Carriego que
siento ahora más que nunca entre ustedes y en esta Casa. -MUCHAS GRACIAS.
Nota aparte: Son cinco páginas tamaño oficio.
La transcripción fue realizada tal como fue escrita en su momento a máquina de escribir en 1975 (ortografía y redacción) por Martina BV desde la Biblioteca Evaristo Carriego - Honduras 3784, Palermo, CABA, Argentina, el 20 y 21 de diciembre de 2023.
Es parte del material de archivo de Marcela Ciruzzi, quien formó parte de la Asociación Amigos de la Casa de Evaristo Carriego. Donado por Francisco Velasco el 27 de noviembre 2023, a la Biblioteca Evaristo Carriego.
Para preservar la memoria de un poeta / To preserve the memory of a poet : Evaristo Carriego (artículo en Buenos Aires Herald, 10 de febrero de 1973) Por Ronald Hansen
Para preservar la memoria de un poeta (artículo publicado en Buenos Aires Herald, 10 de febrero de 1973)
El poeta Evaristo Carriego murió a los 29 años, pero dejó una marca indeleble en la Buenos Aires que amó. Tanto fue así, que la historia de La costurerita que dió el mal paso - o, para traducirlo al idioma adecuado del cambio de siglo, la pequeña costurera que se encontró con un destino peor que la muerte -, se volvió una frase clásica usada por centenares de personas que han olvidado, o nunca supieron, que Carriego escribió ese poema en primera instancia.
Carriego era un romántico, un burgués que adhería a las ideas anarquistas mucho antes de que el bolchevismo haya nacido, y una apropiada madeja ha sido tramada en torno a las circunstancias de su muerte. Tuberculosis era la manera romántica de irse sesenta años atrás - Carriego murió en 1912 - y TB tenía que ser para los historiadores.
Pero el pintor y admirador de Carriego, José María Mieravilla, 52, está hecho de una materia muy fuerte para tomarse todo esto desde el valor aparente. Mientras se discute el proyecto que Mieravilla se propuso emprender, que la casa donde Carriego muriera sea convertido en museo, revela el resultado de su ardua investigación en todo lo que Carriego pensó e hizo en sus prolíficos 29 años.
"En realidad, murió de peritonitis", dice Mieravilla. "Había sufrido dolores por bastante tiempo. Pero era un hombre de casta romántica y ese tipo de personas habitualmente le teme a la sala de operaciones - ¡particularmente en 1912!".
Un día su apéndice inflamado llegó a lo peor y Carriego murió dos o tres días después", dice Mieravilla. Falleció en su casa sita en Honduras 3784 (antes Honduras 84, hasta que cambió el sistema de numeración de las calles", dice Mieravilla). Esta casa todavía está en pie y es propiedad de Enrique Carriego, hermano de Evaristo. Con característica energía, Mieravilla obtuvo firmas de centenares de personas, muchas de ellas artistas reconocidos, o gente de letras. Y presentó una petición al Intendente de Buenos Aires para que la casa sea expropiada y convertida en museo.
"Fue muy difícil al principio," dice Mieravilla. "Pero hubo un giro importante cuando conocí al Intendente de San Isidro, Pedro Llorens, quien era amigo de su par en la Ciudad: Saturnino Montero Ruiz, y así el expediente empezó su largo camino - aún incompleto al momento de esta nota."
"Conseguimos la aprobación de Enrique Carriego," dice Mieravilla. "Él era un señor mayor, indiferente al talento de Evaristo, y al principio fue difícil de convencer. Finalmente pudimos contactar a otro Evaristo Carriego - el hijo de Enrique - que lo persuadió a su padre para que firmara un documento aceptando la expropiación si así fuera decretado."
"Ahora el dossier se encuentra en la Corte Suprema de Justicia de la Nación", dice Mieravilla. "Esperamos poder llevarlo a cabo pronto." "Pronto," como él admite, significa antes de que el próximo gobierno asuma y cambien todas las autoridades.
Evaristo Carriego nació en Paraná, Entre Ríos, en 1883, en una familia bien posicionada de militares y comerciantes. El infatigable Mieravilla ha trazado su árbol genealógico, hasta llegar a Francisco de Vera Muxica y Montiel quien entre otras cosas, fue Intendente de Santa Fe en 1700 y murió en tal ciudad en 1712.
No obstante, el joven Evaristo llegó primero a La Plata y luego a Buenos Aires cuando todavía era pequeño, por lo que en realidad fue la gran ciudad la que inspiró su pensamiento y su escritura. Desarrolló un estilo con los pies en la tierra y con cierto sabor amargo. Pero no estaba el bolchevismo de moda en ese entonces, entonces Carriego coqueteaba con el anarquismo.
"Su escritura era demasiado vanguardista para los grandes diarios como La Prensa o La Nación", dice Mieravilla, "por lo que Carriego publicaba sus poemas en La Protesta alrededor del 1903."
La Protesta era uno de los típicos diarios pro-minorías, de aquel tiempo. Pero como en algunas nuevas y modernas izquierdas estaba más en relación con la literatura que con las clases más bajas, y Mieravilla cita a Carriego, que habría dicho que en La Protesta " un buen verso valía más que un ensayo entero de Kropotkin".
Más adelante el establishment lo proclamaba, y escribió poemas para Cara y Caretas con ilustraciones por Juan Hohmann hasta el tiempo de su muerte. También se cree que contribuyó en otras publicaciones y particularmente en un periódico de Rauch (Pcia de Buenos Aires), ya inactivo, "pero no hay pruebas de esto", dice Mieravilla algo decepcionado.
El 30 de septiembre de 1912, Carriego se sintió débil por primera vez, y la infección rápidamente fue empeorando, hasta el 13 de octubre de ese mismo año, día en que falleció - como 60 años atrás.
Como muchos en su juventud dorada de aquella época, a Carriego le gustaba pasar ratos en bares y pulperías, aunque era abstemio y parece que no estaba muy interesado en las mujeres tampoco.
De hecho en ese tiempo se hacían muchos comentarios sobre la falta de virilidad, la cual Mieravilla niega fuertemente. "Era un romántico", dice el pintor. "Pero esto no sugiere ninguna forma de desvío".
Él conoció y fue influenciado por Pedro Palacios (quien escribió bajo el nom-de-plume Almafuerte) y un grupo literario que en la moda de la época, se conoció en un café - el viejo "Los Inmortales". Escribió una obra teatral, Los que pasan, pero hasta Mieravilla admite que no era muy buena. "Fue un primer esfuerzo/intento", dice el pintor de modo tolerante. "Habría mejorado con el tiempo".
El espíritu de la Buenos Aire literaria de ese tiempo llega fuertemente a través de una pieza escrita sobre Carriego poco después de su muerte por un reportero anónimo del diario Crítica: "Noche tras noche, en ese verano de 1908, nos íbamos del café Los Inmortales, y despacio caminábamos por la calle Suipacha hasta Plaza San Martín, donde nos sentábamos en los bancos bajo la luna y escuchábamos a Carriego recitar uno por uno todos los poemas que serían incluidos en Misas Herejes..."
En ese período, escribió poemas como La muchacha que trajeron anoche; Hay que cuidarla mucho, hermana, mucho; La silla que ahora nadie ocupa, y otros. Suenan muy rimbombantes ahora, pero uno debería leerlos teniendo en mente la atmósfera de la Buenos Aires pre-1914.
"En realidad, su éxito real llegó después de su muerte", agrega Mieravilla. "Sus Poesías fueron reimpresas en Barcelona, y agotó la tirada de 3000 ejemplares, cantidad que en esos años no era habitual. Luego se reimprimió nuevamente, también en Barcelona, bajo el título original de Misas Herejes." Su hermano Enrique y un grupo de amigos, activos en ese tiempo, promovían y reimprimían, incluyendo al escritor Marcelo del Maso, el crítico Juan Mas y Pi y el ilustrador Hohmann.
Entonces los años pasaron. La casa quedó en manos de la familia, aunque se la dejaron a inquilinos, la numeración cambió de Honduras 84 a 3784 - pero Mieravilla continúa obstinadamente hablando de "Honduras 84".
Los planes del pintor para la casa van más allá de meramente enaltecer la memoria de Evaristo Carriego. Él también quiere que sea un centro para las artes y un registro de personas de nota artística en Buenos Aires. "Para que los turistas puedan venir y encontrar en el momento dónde contactar al pintor o escritor que quieran conocer", dice.
Las ambiciones de Mieravilla pueden o no ser del todo concretadas. Pero su tenacidad debería ser retribuída; en cualquier caso, Carriego ha labrado para sí un nicho en la literatura argentina - y demasiado de la Buenos Aires tradicional está siendo demolida para dar lugar a edificios impersonales, shopping malls y estaciones de servicio.
Ronald Hansen


















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