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Bukowski (1920 - 1994) about Hemingway (21/07/1899 - 2/07/1961)



“And then along came Hemingway. What a thrill! He knew how to lay down a line. It was a joy. Words weren’t dull, words were things that could make your mind hum. If you read them and let yourself feel the magic, you could live without pain, with hope, no matter what happened to you.”


― Charles Bukowski















Doy clases de castellano (MBV)


Para poder decir lo que pensás, tenés que aprender a hablar.

Si querés hablar en castellano y todavía no lo sabés, probá acá, conmigo: 

Clases de castellano y gramática, a partir de textos literarios, conversación y ejercicios.


Do you want to know ways to say or write what you think in Spanish language?

Just take on classes with me! I will do my best to make you feel welcome to learn and stay.


Modalidad: presencial u online.

Contacto: @mbvarteylibros / martinabenitezvibart@gmail.com 

Buenos Aires, Argentina.




Angels in desguise



Sean hospitalarios con los extraños
Pueden ser ángeles disfrazados.


‘Do not forget to show hospitality to strangers, for by so doing some people have shown hospitality to angels without knowing it.’

Hebrews 13:2










El don del águila - Carlos Castaneda



«Al poder que gobierna el destino de todos los seres se le llama el Águila, no porque sea un águila o porque tenga algo que ver con las águilas, sino porque los videntes se les aparece como una incomensurable y negrísima águila, de altura infinita, empinada como se empinan las águilas».



«El Águila ha concedido un regalo a cada uno de todos los seres. A su propio modo y por su propio derecho, cualquiera de ellos, si así lo desea, tiene el poder de conservar la llama de la conciencia, el poder de desobedecer, el emplazamiento para morir y ser consumido. A cada cosa viviente se le ha concedido el poder, si así lo desea, de buscar una apertura hacia la libertad y de pasar por ella».





LA REGLA DEL NAGUAL es una propuesta presentada por Carlos Castaneda a través de sus libros -que para algunos no pasa de ser una hipótesis que no puede comprobarse. No obstante, la regla del nagual representa para el autor el compendio de las formas de interacción que han de darse entre un grupo de hombres y mujeres de un supuesto linaje de guerreros toltecas que seguían una ancestral tradición.




Hongos - Guadalupe Nettel


Cuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el pulgar izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie —ni ella— daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito quien decidió marcharse a otro lugar.
Hasta ese momento, los hongos habían sido siempre —al menos para mí — objetos curiosos que aparecían en los dibujos para niños y que relacionaba con los bosques y los duendes. En todo caso, nada parecido a esa rugosidad que daba a la uña de mi madre la textura de una ostra. Sin embargo, más que el aspecto incierto y movedizo, más que su tenacidad y su aferramiento al dedo invadido, lo que recuerdo particularmente en todo ese asunto fue el asco y el rechazo que el parásito provocaba en ella. A lo largo de los años, he visto otras personas con micosis en diferentes partes del cuerpo. Micosis de todo tipo, desde las que producen una peladura áspera y seca en la planta de los pies, hasta los hongos rojos y circulares que suelen aparecer en las manos de los cocineros. La mayoría de la gente los lleva con resignación, otros con estoicismo, algunos con verdadera negligencia. Mi madre, en cambio, vivía la presencia de su hongo como si se tratara de una calamidad vergonzosa. Aterrada por la idea de que pudiera extenderse al resto del pie o, peor aún, a todo su cuerpo, separaba la uña afectada con un pedazo grueso de algodón para impedir que rozara el dedo contiguo. Nunca usaba sandalias y evitaba descalzarse frente a nadie que no fuera de mucha confianza. Si, por alguna razón, debía utilizar una ducha pública, lo hacía pisando siempre unas chancletas de plástico y, para bañarse en la piscina, se quitaba los zapatos en el borde, justo antes de zambullirse, para que los demás no miraran sus pies. Y era mejor así, pues cualquiera que hubiese descubierto ese dedo, sometido a tantos tratamientos, habría creído que, en vez de un simple hongo, lo que mi madre tenía era un comienzo de lepra.
Los niños, a diferencia de los adultos, se adaptan a todo y, poco a poco, a pesar del asco que ella le tenía, yo empecé a considerar ese hongo como una presencia cotidiana en mi vida de familia. No me inspiraba la misma aversión que le tenía mi madre, más bien todo lo contrario. Esa uña pintada de yodo que yo veía vulnerable me causaba una simpatía protectora parecida a la que habría sentido por una mascota tullida con problemas para desplazarse. El tiempo siguió pasando y mi madre dejó de formar tanta alharaca alrededor de su dolencia. Yo, por mi parte, al crecer lo olvidé por completo y no volví a pensar en los hongos hasta que conocí a Philippe Laval.
Para ese entonces, tenía treinta y cinco recién cumplidos. Estaba casada con un hombre paciente y generoso, diez años mayor que yo, director de la Escuela Nacional de Música en la que había realizado la primera parte de mis estudios como violinista. No tenía hijos. Lo había intentado durante un tiempo, sin éxito, pero, lejos de atormentarme por ello, me sentía afortunada de poder concentrarme en mi carrera. Había terminado una formación en Julliard y construido un pequeño prestigio internacional, suficiente para que dos o tres veces al año me invitaran a Europa o Estados Unidos a dar algún concierto. Acababa de grabar un disco en Dinamarca y estaba por viajar de nuevo a Copenhague para impartir un curso de seis semanas, en un palacio al que acudían cada verano los mejores estudiantes del mundo.
Recuerdo que un viernes por la tarde, poco antes de mi partida, recibí una lista con las fichas biográficas de los profesores que coincidiríamos aquel año en la residencia. Entre ellas la de Laval.
No era la primera vez que leía su nombre. Se trataba de un violinista y director con mucho prestigio y, en más de una ocasión, había escuchado, en boca de mis amigos, comentarios muy elogiosos sobre su desempeño en escena y la naturalidad con la que dirigía la orquesta desde el violín. Por la ficha, me enteré de que era francés y que vivía en Bruselas, aunque con frecuencia viajaba a Vancouver, donde enseñaba en la Escuela de Artes. Ese fin de semana, Mauricio, mi marido, había salido de la ciudad para asistir a un congreso. No tenía planes para la noche y me puse a buscar en Internet qué conciertos de Laval se vendían en línea. Después de fisgonear un poco, terminé comprando el de Beethoven, grabado en vivo años atrás en el Carnegie Hall. Recuerdo la sensación de estupor que me produjo escucharlo. Hacía calor. Tenía las puertas del balcón abiertas para que entrara por la ventana el aire fresco y, aun así, la emoción me impidió respirar normalmente. Todo violinista conoce este concierto, muchos de memoria, pero la forma de interpretarlo fue un descubrimiento absoluto. Como si por fin pudiera comprenderlo en toda su profundidad. Sentí una mezcla de reverencia, de envidia y de agradecimiento. Lo escuché por lo menos tres veces y en todas se reprodujo el mismo escalofrío. Busqué después piezas interpretadas por otros músicos invitados a Copenhague y, aunque el nivel era sin duda muy alto, ninguno logró sorprenderme tanto como lo hizo Laval. Después cerré el archivo y, aunque pensé en él en varias ocasiones, no volví a escuchar el concierto durante las dos semanas siguientes.
No era la primera vez que me separaba por un par de meses de Mauricio pero la costumbre no eliminaba la tristeza de dejarlo. Como siempre que hacía un viaje largo, le insistí en que viniera conmigo. La residencia lo permitía y, aunque él se empeñaba en negarlo, estoy convencida de que su trabajo también. Al menos habría podido pasar dos de las seis semanas que duraba el curso o visitarme una vez al principio y otra al final de mi estancia. De haber aceptado, las cosas entre nosotros habrían tomado un rumbo distinto. Sin embargo, él no le veía sentido. Decía que el tiempo iba a pasar rápido para ambos y que lo más conveniente era que me concentrara en mi trabajo. Se trataba, en su opinión, de una gran oportunidad para sondear dentro de mí misma y compartir con otros músicos. No debía desaprovecharla y tampoco interrumpirla. Y lo fue, sólo que no del modo en que lo esperábamos.
El castillo en el que tuvo lugar la escuela de verano se encontraba en el barrio de Christiania, a las afueras de la ciudad. Estábamos a finales de julio y por la noche la temperatura exterior era muy agradable. No tardé casi nada en hacerme amiga de Laval. Al principio sus horarios eran más o menos similares a los míos: él era indiscutiblemente noctámbulo y yo todavía estaba acostumbrada al ritmo americano. Después de las clases, trabajábamos a la misma hora en cuartos insonorizados para no despertar a los demás y coincidíamos de cuando en cuando en la cocina o frente a la mesita del té. Éramos los primeros —y los únicos— en llegar al desayuno tan temprano, cuando el comedor comenzaba su servicio. De ser amable y en exceso cortés, la conversación se fue volviendo cada vez más personal. Muy rápido se dio entre nosotros un trato íntimo y una sensación de cercanía, distinta de la que me inspiraban los otros profesores.
Una escuela de verano es un lugar fuera de la realidad que nos deja dedicarnos a aquello que usualmente no nos permitimos. En las horas libres, uno puede otorgarse toda clase de licencias: visitar a fondo la ciudad a la que ha sido invitado, asistir a cenas o a espectáculos, socializar con sus habitantes o con otros residentes, entregarse a la pereza, a la bulimia o a algún comportamiento adictivo. Laval y yo caímos en la tentación del enamoramiento. Al parecer, todo un clásico en ese tipo de sitios. Durante las seis semanas que duró la residencia, paseamos juntos en autobús y en bicicleta por los parques de Copenhague, visitamos bares y museos, asistimos a la ópera y a varios conciertos, pero, sobre todo, nos dedicamos a conocernos, hasta donde fuera posible, en ese lapso reducido de tiempo. Cuando una relación se sabe condenada a una fecha precisa es más fácil dejar caer las barreras con las que uno suele protegerse. Somos más benignos, más indulgentes, con alguien que pronto dejará de estar ahí que frente a quienes se perfilan como parejas a largo plazo. Ningún defecto, ninguna tara resulta desalentadora, ya que no habremos de soportarla en el futuro. Cuando una relación tiene una fecha de caducidad tan clara como la nuestra, ni siquiera perdemos el tiempo en juzgar al otro. Lo único en lo que uno se concentra es en disfrutar sus cualidades a fondo, con premura, vorazmente, pues el tiempo corre en nuestra contra. Eso fue al menos lo que nos sucedió a Philippe y a mí durante aquella residencia. Sus incontables manías a la hora de trabajar, de dormir o de ordenar su habitación me parecían divertidas. Su miedo a la enfermedad y a todo tipo de contagio, su insomnio crónico, me enternecían y me llevaban a querer protegerlo. Lo mismo le pasaba a él con mis obsesiones, mis miedos, mi propio insomnio y mi frustración constante en lo que a la música se refería. Hay que decir, sin embargo, que esa fue una época de mucha creatividad. Si en el disco que había grabado meses antes en Copenhague yo misma notaba cierta rigidez, cierta precisión de relojería, ahora mi música tenía más soltura y mayor presencia. No la vigilancia estricta de quien teme equivocarse, sino la entrega y la espontaneidad de quien disfruta a fondo lo que está haciendo. Hay, por suerte, algunas evidencias de ese momento privilegiado en mi carrera. Además de las grabaciones a las que obliga la institución que nos había contratado, hice tres programas de radio que conservo entre los testimonios de mis mayores logros personales. Laval dirigió dos conciertos en el Teatro Real de Copenhague y ambos fueron sobrecogedores. El público lo ovacionó de pie durante varios minutos y, al final del evento, los músicos aseguraron que compartir la escena con él había sido un privilegio. Yo, que desde entonces he seguido de cerca todo su desarrollo, puedo decir que el mes y medio pasado en esa ciudad constituye uno de los mejores momentos —si no el mejor— de toda su carrera. Es verdad que desde entonces se ha estabilizado, pero basta escuchar las grabaciones realizadas en esas semanas para darse cuenta: hay en ellas una transparencia muy particular en cuanto a la emoción se refiere.
Como yo, Laval estaba casado. En un chalet situado en las afueras de Bruselas, lo esperaban su mujer y sus hijas, tres niñas rubias y de cara redonda, cuyas fotos atesoraba en su teléfono. De nuestras respectivas parejas preferíamos no hablar demasiado. A pesar de lo que pueda pensarse, en ese estado de alegría excepcional no había espacio para la culpa ni para el miedo de lo que sobrevendría después, cuando cada quien regresara a su mundo. No había otro tiempo salvo el presente. Era como vivir en una dimensión paralela. Quien no haya pasado por algo semejante pensará que pergeño estas malogradas metáforas para justificarme. Quien sí, sabrá exactamente de lo que estoy hablando.
A finales de septiembre, la residencia terminó y volvimos a nuestros países. Al principio nos vino bien llegar a casa y recuperar la vida cotidiana, pero, al menos en lo que a mí respecta, no volví al mismo lugar del que me había ido. Para empezar, Mauricio no estaba en la ciudad. Un viaje de trabajo lo había llevado a Laredo. Esa ausencia no pudo haberme venido mejor. Me dio el tiempo perfecto para reencontrarme con el departamento y con mi vida cotidiana. Es verdad, por ejemplo, que en mi estudio las cosas estaban intactas: los libros y los discos en su lugar, mi atril y mis partituras cubiertas por una capa de polvo apenas más gruesa que antes de dejarlos. Sin embargo, la forma de estar en mi casa y en todos los espacios, incluido mi propio cuerpo, se había transformado y, aunque entonces no fuera consciente de ello, resultaba imposible dar vuelta atrás. Los primeros días, seguía llevando conmigo el olor y los sabores de Philippe. Con una frecuencia mayor de la que hubiera deseado, se me venían encima como oleadas abrumadoras. A pesar de mis esfuerzos por mantener la templanza, nada de esto me dejaba indiferente. Al acuse de las sensaciones descritas, seguía el sentimiento de pérdida, de añoranza y después la culpa por reaccionar así. Quería que mi vida siguiera siendo la misma, no porque fuera mi única alternativa, sino porque me gustaba. La elegía cada mañana al despertarme en mi habitación, en esa cama que durante más de diez años había compartido con mi esposo. Elegía eso y no los tsunamis sensoriales ni los recuerdos que, de haber podido, habría erradicado para siempre. Pero mi voluntad era un antídoto insuficiente contra la influencia de Philippe.
Mauricio volvió un sábado a mediodía, antes de que lograra poner orden en mis sentimientos. Lo recibí aliviada, como quien encuentra en medio de una tormenta el bote que lo salvará del naufragio. Pasamos juntos el fin de semana. Fuimos al cine y al supermercado. El domingo desayunamos en uno de nuestros restaurantes favoritos. Nos contamos los detalles de los viajes y los inconvenientes de nuestros respectivos vuelos. Durante esos días de reencuentro, me pregunté en varias ocasiones si debía explicarle lo sucedido con Laval. Me molestaba esconderle cosas, sobre todo tan serias como esa. Nunca lo había hecho. Me di cuenta de que necesitaba su absolución y, de ser posible, su consuelo. Sin embargo, preferí no decir nada por el momento. Mayor que mi necesidad de ser honesta, era el miedo a lastimarlo, a que algo se rompiera entre nosotros. El lunes, ambos retomamos el trabajo. Los recuerdos seguían asaltándome pero logré controlarlos con cierta destreza hasta que, dos semanas después, Laval volvió a aparecer.
Una tarde, recibí una llamada de larga distancia cuya clave no identifiqué en la pantalla. Antes de responder se aceleró mi ritmo cardiaco. Levanté el auricular y, después de un corto silencio, reconocí el Amati de Laval del otro lado del hilo. Escucharlo tocar a miles de kilómetros, estando en mi propia casa, consiguió que lo que empezaba a sanar con tanto esfuerzo, sufriera un nuevo desagarre. Esa llamada, en apariencia inofensiva, consiguió introducir a Philippe en un espacio al que no pertenecía. ¿Qué buscaba llamando de esa manera? Probablemente restablecer el contacto, mostrar que seguía pensando en mí y que el sentimiento no se había apagado. Nada en términos concretos y, al mismo tiempo, mucho más de lo que mi estabilidad emocional podía soportar. Hubo una segunda llamada, esta vez con su propia voz, hecha, según dijo, desde una cabina a dos cuadras de su casa. Me explicó lo que su música me había dicho antes: seguía pensando en nosotros y le estaba costando mucho desprenderse. Habló y habló durante varios minutos, hasta agotar el crédito que había puesto en el teléfono. Apenas tuve tiempo de aclararle dos puntos importantes. Primero: todo lo que él sentía era mutuo y, segundo, no quería que volviese a llamar a mi casa. Laval sustituyó las llamadas por correos electrónicos y mensajes al celular. Escribía por las mañanas y por las noches, contándome todo tipo de cosas, desde su estado de ánimo hasta el menú de sus comidas y cenas. Me hacía la reseña de sus salidas y de sus eventos de trabajo, las ocurrencias y las enfermedades de sus hijas y, sobre todo —esa era la parte más difícil—, la descripción detallada de su deseo. Así fue como la dimensión paralela, que creía cancelada para siempre, no sólo se abrió de nuevo sino que empezó a volverse cotidiana, robándole espacio a la realidad tangible de mi vida, en la que cada vez yo estaba menos presente. Poco a poco aprendí sus rutinas, las horas a las que llevaba a las niñas al colegio, los días en los que estaba en casa y aquellos en los que salía del pueblo. El intercambio de mensajes me daba acceso a su mundo y, a base de preguntas, Laval consiguió abrirse un espacio similar en mi propia existencia. Siempre he sido una persona con tendencias fantasiosas pero esa característica aumentó vertiginosamente por culpa suya. Si hasta entonces había vivido el setenta por ciento del tiempo en la realidad y el treinta en la imaginación, el porcentaje se invirtió por completo, al punto en que todas las personas que entraban en contacto conmigo empezaron a preocuparse, incluido Mauricio, quien, sospecho, ya albergaba alguna idea de lo que estaba pasando.
Me fui volviendo adicta a la correspondencia con Laval, a esa conversación interminable, y a considerarla como la parte más intensa e imprescindible de mi vida diaria. Cuando, por alguna razón, tardaba más de lo habitual en escribir o le era imposible responder pronto a mis mensajes, mi cuerpo daba señales claras de ansiedad: mandíbulas apretadas, sudor en las manos, movimiento involuntario de una pierna. Si antes, sobre todo en Copenhague, casi no hablábamos de nuestras respectivas parejas, en el diálogo a distancia, aquella restricción dejó de ser vigente. Nuestros matrimonios se convirtieron en objeto de voyerismo cotidiano. Primero, nos contábamos sólo las sospechas y las preocupaciones de nuestros cónyuges, luego las discusiones y los juicios que hacíamos sobre ellos pero también los gestos de ternura que tenían hacia nosotros, para justificar ante el otro, y ante nosotros mismos, la decisión de seguir casados. A diferencia de mí, que vivía en un matrimonio apacible y taciturno, Laval era infeliz con su mujer. Al menos eso me contaba. Su relación, que había durado ya más de dieciocho años, constituía la mayor parte del tiempo un verdadero infierno. Catherine, su esposa, no hacía sino exigirle atención y cuidados intensivos y descargaba sobre él su incontenible violencia. Era tristísimo pensar en Laval viviendo en semejantes condiciones. Era tristísimo imaginarlo un domingo, por ejemplo, encerrado en su casa, sometido a los gritos y a las recriminaciones, mientras en las ventanas caía la lluvia interminable de Bruselas. Pero Laval no pensaba dejar a su familia. Estaba resignado a vivir así hasta el final de sus días y debo decir que esa resignación, aunque incomprensible, me acomodaba. Tampoco yo tenía deseos de abandonar a Mauricio.
Tras más de dos meses de mensajes y eventuales llamadas al celular, se estableció por fin una rutina en la que me sentía más o menos cómoda. Aunque mi atención, o lo que quedaba de ella, estaba puesta en la presencia virtual de Laval, mi vida cotidiana empezó a resultarme llevadera, incluso disfrutable, hasta que se planteó la posibilidad de volver a vemos. Como he dicho, Laval viajaba cada trimestre a la ciudad de Vancouver y en su siguiente visita, después de Copenhague, se le ocurrió que lo alcanzara ahí. No le costó nada conseguir una invitación oficial de la escuela para que yo impartiera un taller, muy bien remunerado, en las mismas fechas en que él debía viajar aquel invierno. La idea, si bien peligrosa, no podía ser más tentadora y me fue imposible rechazarla, aun sabiendo que amenazaba el precario equilibrio que había alcanzado en ese momento.
Nos vimos, pues, en Canadá. Fue un viaje hermoso de tres días, rodeados otra vez de lagos y de bosques. Entre nosotros volvió a establecerse lo mismo que habíamos sentido durante la residencia pero de manera más urgente, más concentrada. Evitamos dentro de lo posible todos los compromisos sociales. El tiempo que no empleábamos trabajando, lo pasábamos solos en su habitación, reconociendo, de todas las maneras imaginables, el cuerpo del otro, sus reacciones y sus humores, como quien vuelve a un territorio conocido del que no quisiera salir jamás. También hablamos mucho de lo que nos estaba pasando, de la alegría y la novedad que ese encuentro había añadido a nuestras vidas. Concluimos que la felicidad podía encontrarse fuera de lo convencional, en el estrecho espacio al que nos condenaban tanto nuestra situación familiar como la distancia geográfica.
Después de Vancouver, nos vimos en los Hampton. Meses después, en el Festival de Música de Cámara de Berlín y luego en el de Música Antigua de Ambromay. Todos esos encuentros estuvieron orquestados por Philippe. Aun así, el tiempo pasado juntos nunca nos parecía suficiente. Cada regreso, al menos para mí, era más difícil que el anterior. Mi distracción era peor y mucho más evidente que al volver de Dinamarca: olvidaba las cosas con frecuencia, perdía las llaves dentro del departamento y, lo más terrible de todo, empezó a resultarme imposible convivir con mi marido. La realidad, que ya no me interesaba sostener, comenzó a derrumbarse como un edificio abandonado. Quizás no me hubiera dado cuenta nunca de no ser por una llamada de mi suegra que me sacó de mi letargo. Había hablado con Mauricio y estaba muy preocupada.
—Si estás enamorada de otro, se te está saliendo de las manos —me dijo con la actitud claridosa que siempre la ha caracterizado—. Deberías hacer todo por controlarlo.
Su comentario cayó en oídos ausentes pero no sordos.
Una tarde, Mauricio llegó temprano del trabajo, mientras sonaba en casa un concierto de Chopin para piano y violín, interpretado por Laval diez años antes. Un disco que nunca habría puesto en su presencia. No sé si fue mi expresión de sorpresa al verlo llegar o si tenía la intención previa de hacerlo, pero aquel día me interrogó sobre mis sentimientos. Habría deseado dar una respuesta sincera a sus preguntas. Habría deseado explicar mis contradicciones y mis miedos. Habría deseado, sobre todo, contarle lo que estaba sufriendo. Sin embargo, lo único que pude hacer fue mentirle. ¿Por qué lo hice? Quizás porque me lastimaba traicionar a alguien a quien seguía queriendo profundamente, aunque de otra manera; quizás por miedo a su reacción o porque albergaba la esperanza de que, tarde o temprano, las cosas retomarían su curso original. La madre de Mauricio tenía razón: el asunto se me estaba saliendo de las manos. Después de darle muchas vueltas, decidí suspender el viaje siguiente y abocar toda mi energía a distanciarme de Laval. Le escribí explicándole el estado de las cosas y le pedí ayuda para recuperar esa vida que se estaba diluyendo en mis narices. Mi decisión lo afectó pero se mostró comprensivo.
Pasaron dos semanas en las que Laval y yo no mantuvimos ningún contacto. Sin embargo, cuando dos personas piensan constantemente la una en la otra, se establece entre ellas un vínculo que rebasa los medios ortodoxos de comunicación. Aunque estuviera determinada a olvidarlo, al menos a no pensar en él con la misma intensidad, mi cuerpo se reveló a ese designio y empezó a manifestar su voluntad por medio de sensaciones físicas y, por supuesto, incontrolables. Lo primero que sentí fue un ligero escozor en la entrepierna. Sin embargo, a pesar de que inspeccioné varias veces la zona, no pude encontrar nada visible y terminé por resignarme. Pasadas unas semanas, la comezón, al principio leve, casi imperceptible, se volvió intolerable. Sin importar la hora ni el lugar donde me encontrara, sentía mi sexo y hacerlo implicaba inevitablemente pensar también en el de Philippe. Fue entonces cuando llegó su primer mensaje al respecto. Un correo, escueto y alarmado, en el que aseguraba haber contraído algo grave, probablemente un herpes, una sífilis o cualquier otra enfermedad venérea, y quería advertirme de ello para que tomara mis precauciones. Ese era Philippe tout craché, como dicen en su lengua, y esa la reacción clásica de alguien propenso a la hipocondría. El mensaje cambió mi perspectiva: si los síntomas estaban presentes en ambos, lo más probable era que padeciéramos lo mismo. No una enfermedad grave, como pensaba él, pero quizás sí una micosis. Los hongos pican; si están muy arraigados, pueden incluso doler. Hacen que todo el tiempo estemos conscientes de la parte del cuerpo donde se han establecido y eso era exactamente lo que nos sucedía. Traté de tranquilizarlo con un par de mensajes cariñosos. Antes de retomar el silencio, acordamos ir al médico en nuestras respectivas ciudades.
El diagnóstico que recibí fue el que ya suponía. Según mi ginecólogo, un cambio en la acidez de mis mucosas había propiciado la aparición de los microorganismos y bastaría aplicar una crema durante cinco días para erradicarlos. Saberlo estuvo lejos de tranquilizarme. Pensar que algo vivo se había establecido en nuestros cuerpos, justo ahí donde la ausencia del otro era más evidente, me dejaba estupefacta y conmovida. Los hongos me unieron aún más a Philippe. Aunque al principio apliqué puntualmente y con diligencia la medicina prescrita, no tardé en interrumpir el tratamiento: había desarrollado apego por el hongo compartido y un sentido de pertenencia. Seguir envenenándolo era mutilar una parte importante de mí misma. La comezón llegó a resultarme, si no agradable, al menos tan tranquilizadora como un sucedáneo. Me permitía sentir a Philippe en mi propio cuerpo e imaginar con mucha exactitud lo que pasaba en el suyo. Por eso me decidí no sólo a conservarlos, sino a cuidar de ellos de la misma manera en que otras personas cultivan un pequeño huerto. Después de cierto tiempo, conforme cobraron fuerza, los hongos se fueron haciendo visibles. Lo primero que noté fueron unos puntos blancos que, alcanzada la fase de madurez, se convertían en pequeños bultos de consistencia suave y de una redondez perfecta. Llegué a tener decenas de aquellas cabecitas en mi cuerpo. Pasaba horas desnuda, mirando complacida como se habían extendido sobre la superficie de mis labios externos en su carrera hacia las ingles. Mientras tanto imaginaba a Philippe afanado sin descanso en su intento por exterminar a su propia cepa. Descubrí que me equivocaba el día en que recibí este mensaje en mi correo electrónico: «Mi hongo no desea más que una cosa: volver a verte».
El tiempo que antes dedicaba a dialogar con Laval lo invertí, durante esos días, en pensar en los hongos. Recordé el de mi madre, que había borrado casi por completo de mi memoria, y empecé a leer sobre esos seres extraños, semejantes, por su aspecto, al reino vegetal, pero con un aferramiento a la vida y al ser parasitado que no pueden sino acercarlos a nosotros. Averigüé, por ejemplo, que organismos con dinámicas vitales muy diversas pueden ser catalogados como hongos. Existen alrededor de un millón y medio de especies, de las cuales se han estudiado cien mil. Concluí que con las emociones ocurre algo semejante: muy distintos tipos de sentimientos (a menudo simbióticos) se definen con la palabra «amor». Los enamoramientos muchas veces nacen también de forma imprevista, por generación espontánea. Una tarde sospechamos de su existencia por un escozor apenas perceptible, y al día siguiente nos damos cuenta de que ya se han instalado de una manera que, si no es definitiva, al menos lo parece. Erradicar un hongo puede ser tan complicado como acabar con una relación indeseada. Mi madre sabe de ello. Su hongo amaba su cuerpo y lo necesitaba de la misma manera en que el organismo que había brotado entre Laval y yo reclamaba el territorio faltante.
Hice mal en creer que, con dejar de escribirle, me desharía de Laval. Hice mal asimismo en pensar que ese sacrificio bastaría para recuperar a mi marido. Nuestra relación nunca resucitó. Mauricio se fue de casa discretamente, sin ningún tipo de aspaviento. Empezó por ausentarse una noche de tres y luego extendió sus periodos desertores. Era tal mi falta de presencia en nuestro espacio común que, aunque no pude dejar de notarlo, tampoco logré hacer nada por impedirlo. Todavía hoy me pregunto si, de intentarlo con más ahínco, habría sido posible restablecer los lazos diluidos entre nosotros. Estoy segura de que Mauricio comentó con un número reducido de amigos las circunstancias de nuestro divorcio. Sin embargo, esas personas hablaron con otras y la información se fue extendiendo a nuestros allegados. Hubo incluso personas que se sintieron autorizadas a expresarme su aprobación o su rechazo, lo cual no dejaba de indignarme. Unos decían, para darme consuelo, que las cosas «siempre pasan por algo», que lo habían visto venir y que la separación era necesaria tanto para mi crecimiento como para el de Mauricio. Otros me aseguraron que mi esposo mantenía, desde hacía varios años, una relación con una joven musicóloga y que no debía sentirme culpable. Lo último no se comprobó jamás. Lejos de serenarme, lo único que consiguieron estos comentarios fue aumentar mi sensación de desamparo y de aislamiento. Mi vida no sólo había dejado de pertenecerme sino que se había vuelto materia de discusión de terceros. Por esa razón, no soportaba ver a nadie pero tampoco me gustaba estar sola. Si hubiese tenido hijos, probablemente habría sido diferente. Un niño hubiera representado un ancla muy poderosa al mundo tangible y cotidiano. Habría estado pendiente de su persona y de sus necesidades. Me habría alegrado la vida con ese cariño incondicional que tanto necesitaba. Pero fuera de mi madre, ocupada casi siempre en su actividad profesional, en mi vida sólo tenía el violín y el violín era Laval. Cuando por fin me decidí a buscarlo, Philippe no sólo retomó el contacto con el entusiasmo de siempre, sino que fue más solidario que nunca. Llamaba y escribía varias veces al día, escuchaba todas mis dudas, me daba aliento y consejos. Nadie se implicó tanto en mi recuperación anímica como lo hizo él durante los primeros meses. Sus llamadas y nuestras conversaciones virtuales se volvieron mi único contacto disfrutable con otro ser humano.
Al contrario de lo que hizo mi madre durante mi infancia, yo había decidido quedarme con los hongos indefinidamente. Vivir con un parásito es aceptar la ocupación. Cualquier parásito, por inofensivo que sea, tiene una necesidad incontenible de avanzar. Es imperativo ponerle límites, de lo contrario lo hará hasta invadirnos. Yo, por ejemplo, nunca he permitido que el mío llegue hasta las ingles ni a ningún otro lugar fuera de mi entrepierna. Philippe tiene conmigo una actitud similar a la mía con los hongos. No me permite jamás salir de mi territorio. Me llama a casa cuando lo necesita pero yo no puedo, bajo ninguna circunstancia, telefonear a la suya. Él es quien decide el lugar y las fechas de nuestros encuentros y quien los cancela siempre que su mujer o sus hijas interrumpen nuestros planes. En su vida, soy un fantasma que puede invocar infaliblemente. Él, en la mía, es un espectro que a veces se manifiesta sin ningún compromiso. Los parásitos — ahora lo sé— somos seres insatisfechos por naturaleza. Nunca son suficientes ni el alimento ni la atención que recibimos. La clandestinidad que asegura nuestra supervivencia también nos frustra en muchas ocasiones. Vivimos en un estado de constante tristeza. Dicen que para el cerebro el olor de la humedad y el de la depresión son muy semejantes. No dudo que sea verdad. Cada vez que la angustia se me acumula en el pecho, me refugio en Laval como uno recurre a un psicólogo o a un ansiolítico. Y aunque no siempre de inmediato, casi nunca se niega a responderme. No obstante, como es de esperar, Philippe no soporta esta demanda. A nadie le gusta vivir invadido. Ya suficiente presión tiene en su casa como para tolerar a esa mujer asustada y adolorida en la que me he convertido, tan distinta de aquella que conoció en Copenhague. Nos hemos vuelto a ver en varias ocasiones, pero los encuentros ya no son como antes. Él también está asustado. Le pesa su responsabilidad en mi nueva vida y lee, hasta en mis comentarios más inocuos, la exigencia de que deje a su esposa para vivir conmigo. Yo me doy cuenta. Por eso he disminuido, a costa de la salud, mi demanda de contacto, pero mi necesidad sigue siendo insondable.
Hace más de dos años que asumí esta condición de ser invisible, con apenas vida propia, que se alimenta de recuerdos, de encuentros fugaces en cualquier lugar del mundo, o de lo que consigo robar a un organismo ajeno que se me antoja como mío y que de ninguna manera lo es. Sigo haciendo música, pero todo lo que toco se parece a Laval, suena a él, como una copia distorsionada que a nadie interesa. No sé cuánto tiempo se pueda vivir así. Sé, en cambio, que hay personas que lo hacen durante años y que, en esa dimensión, logran fundar familias, colonias enteras de hongos sumamente extendidas que viven en la clandestinidad y, un buen día, a menudo cuando el ser parasitado fallece, asoman la cabeza durante el velorio y se dan a conocer. No será mi caso. Mi cuerpo es infértil. Laval no tendrá conmigo ninguna descendencia. A veces, me parece notar en su rostro o en el tono de su voz, cierto fastidio semejante al rechazo que mi madre sentía por su uña amarillenta. Por eso, a pesar de mi enorme necesidad de atención, hago todo lo posible para resultar discreta, para que recuerde mi presencia sólo cuando le apetece o cuando la necesita. No me quejo. Mi vida es tenue pero no me falta alimento, aunque sea a cuentagotas. El resto del tiempo vivo encerrada e inmóvil en mi departamento, en el que desde hace varios meses no levanto casi nunca las persianas. Disfruto la penumbra y la humedad de los muros. Paso muchas horas tocando la cavidad de mi sexo —esa mascota tullida que vislumbré en la infancia—, donde mis dedos despiertan las notas que Laval ha dejado en él. Permaneceré así hasta que él me lo permita, acotada siempre a un pedazo de su vida o hasta que logre dar con la medicina que por fin, y de una vez por todas, nos libere a ambos.









Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros (Discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros; septiembre, 1931) - Federico García Lorca


Queridos paisanos y amigos:

Antes que nada yo debo deciros que no hablo sino que leo. Y no hablo, porque lo mismo que le pasaba a Galdós y en general, a todos los poetas y escritores nos pasa, estamos acostumbrados a decir las cosas pronto y de una manera exacta, y parece que la oratoria es un género en el cual las ideas se diluyen tanto que sólo queda una música agradable, pero lo demás se lo lleva el viento.

Siempre todas mis conferencias son leídas, lo cual indica mucho más trabajo que hablar, pero al fin y al cabo, la expresión es mucho más duradera porque queda escrita y mucho más firme puesto que puede servir de enseñanza a las gentes que no oyen o no están presentes aquí.

Tengo un deber de gratitud con este hermoso pueblo donde nací y donde transcurrió mi dichosa niñez por el inmerecido homenaje de que he sido objeto al dar mi nombre a la antigua calle de la iglesia. Todos podéis creer que os lo agradezco de corazón, y que yo cuando en Madrid o en otro sitio me preguntan el lugar de mi nacimiento, en encuestas periodísticas o en cualquier parte, yo digo que nací en Fuente Vaqueros para que la gloria o la fama que haya de caer en mí caiga también sobre este simpatiquísimo, sobre este modernísimo, sobre este jugoso y liberal pueblo de la Fuente. Y sabed todos que yo inmediatamente hago su elogio como poeta y como hijo de él, porque en toda la vega de Granada, y no es pasión, no hay otro pueblo más hermoso, ni más rico, ni con más capacidad emotiva que este pueblecito. No quiero ofender a ninguno de los bellos pueblos de la vega de Granada, pero yo tengo ojos en la cara y la suficiente inteligencia para decir el elogio de mi pueblo natal.

Está edificado sobre el agua. Por todas partes cantan las acequias y crecen los altos chopos donde el viento hace sonar sus músicas suaves en el verano. En su corazón tiene una fuente que mana sin cesar y por encima de sus tejados asoman las montañas azules de la vega, pero lejanas, apartadas, como si no quisieran que sus rocas llegaran aquí donde una tierra muelle y riquísima hace florecer toda clase de frutos.

El carácter de sus habitantes es característico entre los pueblos limítrofes. Un muchacho de Fuente Vaqueros se reconoce entre mil. Allí le veréis garboso, con el sombrero echado hacia atrás, dando manotazos y ágil en la conversación y en la elegancia. Pero será el primero, en un grupo de forasteros, en admitir una idea moderna o en secundar un movimiento noble.

Una muchacha de la Fuente la conoceréis entre mil por su sentido de la gracia, por su viveza, por su afán de elegancia y superación.

Y es que los habitantes de este pueblo tienen sentimientos artísticos nativos bien palpables en las personas que han nacido de él. Sentimiento artístico y sentido de la alegría que es tanto como decir sentido de la vida.

Muchas veces he observado, que al entrar en este pueblo hay como un clamor, un estremecimiento que mana de la parte más íntima de él. Un clamor, un ritmo, que es afán social y comprensión humana. Yo he recorrido cientos y cientos de pueblecitos como éste, y he podido estudiar en ellos una melancolía que nace no solamente de la pobreza, sino también de la desesperanza y de la incultura. Los pueblos que viven solamente apegados a la tierra tienen únicamente un sentimiento terrible de la muerte sin que haya nada que eleve hacia días claros de risa y auténtica paz social.

Fuente Vaqueros tiene ganado eso. Aquí hay un anhelo de alegría o sea de progreso o sea de vida. Y por lo tanto afán artístico, amor a la belleza y a la cultura.

Yo he visto a muchos hombres de otros campos volver del trabajo a sus hogares, y llenos de cansancio, se han sentado quietos, como estatuas, a esperar otro día y otro y otro, con el mismo ritmo, sin que por su alma cruce un anhelo de saber. Hombres esclavos de la muerte sin haber vislumbrado siquiera las luces y la hermosura a que llega el espíritu humano. Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, viven, miran, comen, pero están muertos. Más muertos que las piedras y más muertos que los verdaderos muertos que duermen su sueño bajo la tierra, porque tienen el alma muerta. Muerta como un molino que no muele, muerta porque no tiene amor, ni un germen de idea, ni una fe, ni un ansia de liberación, imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así. Es éste uno de los programas, queridos amigos míos, que más me preocupan en el presente momento.

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. 'Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre', piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: 'amor, amor', y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiódor Dostoyevski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: '¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!'. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: 'Cultura'. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

Y no olvidéis que lo primero de todo es la luz. Que es la luz obrando sobre unos cuantos individuos lo que hace los pueblos, y que los pueblos vivan y se engrandezcan a cambio de las ideas que nacen en unas cuantas cabezas privilegiadas, llenas de un amor superior hacia los demás.

Por eso ¡no sabéis qué alegría tan grande me produce el poder inaugurar la biblioteca pública de Fuente Vaqueros! Una biblioteca que es una reunión de libros agrupados y seleccionados, que es una voz contra la ignorancia; una luz perenne contra la oscuridad.

Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerle e inquietarle y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia.

¡Y cuánto esfuerzo ha costado al hombre producir un libro! ¡Y qué influencia tan grande ejercen, han ejercido y ejercerán en el mundo! Ya lo dijo el sagacísimo Voltaire: Todo el mundo civilizado se gobierna por unos cuantos libros: la Biblia, el Corán, las obras de Confucio y de Zoroastro. Y el alma y el cuerpo, la salud, la libertad y la hacienda se supeditan y dependen de aquellas grandes obras. Y yo añado: todo viene de los libros. La Revolución Francesa sale de la Enciclopedia y de los libros de Rousseau, y todos los movimientos actuales societarios comunistas y socialistas arrancan de un gran libro; de El capital, de Carlos Marx.

Pero antes de que el hombre pudiese construir libros para difundirlos, ¡qué drama tan largo y qué lucha ha tenido que sostener! Los primeros hombres hicieron libros de piedra, es decir escribieron los signos de sus religiones sobre las montañas. No teniendo otro modo, grabaron en las rocas sus anhelos con esta ansia de inmortalidad, de sobrevivir, que es lo que diferencia al humano de la bestia. Luego emplearon los metales. Aarón, sacerdote milenario de los hebreos, hermano de Moisés, llevaba una tabla de oro sobre el pecho con inscripciones, y las obras del poeta griego primitivo Hesíodo, que vio a las nueve musas bailar sobre las cumbres del monte Helicón, se escribieron sobre láminas de plomo. Más tarde los caldeos y los asirios ya escribieron sus códices y los hechos de su historia sobre ladrillos, pasando sobre éstos un punzón antes de que se secasen. Y tuvieron grandes bibliotecas de tablas de arcilla, porque ya eran pueblos adelantados, estupendos astrónomos, los primeros que hicieron altas torres y se dedicaron al estudio de la bóveda celeste.

Los egipcios, además de escribir en las puertas de sus prodigiosos templos, escribieron sobre unas largas tiras vegetales llamadas papiros, que enrollaban. Aquí empieza el libro propiamente dicho. Como el Egipto prohibiera la exportación de esta materia vegetal, y deseando las gentes de la ciudad de Pérgamo tener libros y una biblioteca, se les ocurrió utilizar las pieles secas de los animales para escribir sobre ellas, y entonces nace el pergamino, que en poco tiempo venció al papiro y se utiliza ya como única materia para hacer libros, hasta que se descubre el papel.

Mientras cuento esto de manera tan breve, no olvidar que entre hecho y hecho hay muchos siglos; pero el hombre sigue luchando con las uñas, con los ojos, con la sangre, por eternizar, por difundir, por fijar el pensamiento y la belleza.

Cuando a Egipto se le ocurre no vender papiros porque los necesitan o porque no quieren, ¿quién pasa en Pérgamo noches y años enteros de luchas hasta que se le ocurre escribir en piel seca de animal?, ¿qué hombre o qué hombres son estos que en medio del dolor buscan una materia donde grabar los pensamientos de los grandes sabios y poetas? No es un hombre ni son cien hombres. Es la humanidad entera la que les empujaba misteriosamente por detrás.

Entonces, una vez ya con pergamino, se hace la gran biblioteca de Pérgamo, verdadero foco de luz en la cultura clásica. Y se escriben los grandes códices. Diodoro de Sicilia dice que los libros sagrados de los persas ocupaban en pergaminos nada menos que mil doscientas pieles de buey.

Toda Roma escribía en pergaminos. Todas las obras de los grandes poetas latinos, modelos eternos de profundidad, perfección y hermosura, están escritas sobre pergamino. Sobre pergaminos brotó el arrebatado lirismo de Virgilio y sobre la misma piel amarillenta brillan las luces densas de la espléndida palabra del español Séneca.

Pero llegamos al papel. Desde la más remota antigüedad el papel se conocía en China. Se fabricaba con arroz. La difusión del papel marca un paso gigantesco en la historia del mundo. Se puede fijar el día exacto en que el papel chino penetró en Occidente para bien de la civilización. El día glorioso que llegó fue el 7 de julio del año 751 de la era cristiana.

Los historiadores árabes y los chinos están conformes en esto. Ocurrió que los árabes, luchando con los chinos en Corea lograron traspasar la frontera del Celeste Imperio y consiguieron hacerles muchos prisioneros. Algunos prisioneros de estos tenían por oficio hacer papel y enseñaron su secreto a los árabes. Estos prisioneros fueron llevados a Samarkanda donde ejercieron su oficio bajo el reinado del sultán Harun al-Rachid, el prodigioso personaje que puebla los cuentos de Las mil y una noches.

El papel se hizo con algodón, pero como allí escaseaba este producto, se les ocurrió a los árabes hacerlo de trapos viejos y así cooperaron a la aparición del papel actual. Pero los libros tenían que ser manuscritos. Los escribían los amanuenses, hombres pacientísimos que copiaban página a página con gran primor y estilo, pero eran muy pocas las personas que los podían poseer.

Y así, como las colecciones de rollos de papiros o de pergaminos pertenecieron a los templos o a las colecciones reales, los manuscritos en papel ya tuvieron más difusión, aunque naturalmente entre las altas clases privilegiadas. De este modo se hacen multitud de libros, sin que se abandone, naturalmente, el pergamino, pues sobre esta clase de materia se pintan por artistas maravillosas miniaturas de vivos colores de tal belleza e intensidad, que muchos de estos libros los conservan las actuales grandes bibliotecas, como verdaderas joyas, más valiosas que el oro y las piedras preciosas mejor talladas. Yo he tenido con verdadera emoción varios de estos libros en mis manos. Algunos códices árabes de la biblioteca de El Escorial y la magnífica Historia natural, de Alberto Magno, códice del siglo XIII existente en la Universidad de Granada, con el cual me he pasado horas enteras, sin poder apartar mis ojos de aquellas pinturas de animales, ejecutadas con pinceles más finos que el aire, donde los colores azules y rosas y verdes y amarillos se combinan sobre fondos hechos con panes de oro.

Pero el hombre pedía más. La humanidad empujaba misteriosamente a unos cuantos hombres para que abrieran con sus hachas de luz el bosque tupidísimo de la ignorancia. Los libros, que tenían que ser para todos, eran por las circunstancias objetos de lujo, y sin embargo son objetos de primera necesidad. Por las montañas y por los valles, en las ciudades y a las orillas de los ríos, morían millones de hombres sin saber qué era una letra. La gran cultura de la Antigüedad estaba olvidada y las supersticiones más terribles nublaban las conciencias populares.

Se dice que el dolor de saber abre las puertas más difíciles, y es verdad. Este ansia confusa de los hombres movió a dos o tres a hacer sus estudios, sus ensayos, y así apareció en el siglo XV, en Maguncia de Alemania, la primera imprenta del mundo. Varios hombres se disputan la invención, pero fue Gutenberg el que la llevó a cabo. Se le ocurrió fundir en plomo las letras y estamparlas, pudiendo así reproducir infinitos ejemplares de un libro. ¡Qué cosa más sencilla! ¡Qué cosa más difícil! Han pasado siglos y siglos, y sin embargo no ha surgido esta idea en la mente del hombre. Todas las claves de los secretos están en nuestras manos, nos rodean constantemente pero sin embargo, ¡qué enorme dificultad para abrir las puertecitas donde viven ocultos!

En las materias de la naturaleza se encuentran, sin duda, los lenitivos de muchas enfermedades incurables, ¿pero qué combinación es la precisa, la justa, para que el milagro se opere? Pocas veces en la historia del mundo hay un hecho más importante que éste de la invención de la imprenta. De mucho más alcance que los otros dos grandes hechos de su época: la invención de la pólvora y el descubrimiento de América. Porque si la pólvora acaba con el feudalismo y da motivo a los grandes ejércitos y a la formación de fuertes nacionalidades antes fraccionadas por la nobleza, y el nacimiento de América da lugar a un desplazamiento de la historia a una nueva vida y termina con un milenario secreto geográfico, la imprenta va a causar una revolución en las almas, tan grande que las sociedades han de temblar hasta sus cimientos. Y sin embargo ¡con qué silencio y qué tímidamente nace! Mientras la pólvora hacía estallar sus rosas de fuego por los campos, y el Atlántico se llenaba de barcos que con las velas henchidas por el viento iban y venían cargados de oro y materiales preciosos, calladamente en la ciudad de Amberes, Cristóbal Plantino establece la imprenta y la librería más importante del mundo, y ¡por fin!, hace los primeros libros baratos.

Entonces los libros antiguos, de los que quedaban uno o dos o tres ejemplares de cada uno, se agolpan en las puertas de las imprentas y en las puertas de las casas de los sabios pidiendo a gritos ser editados, ser traducidos, ser expandidos por toda la superficie de la tierra. Éste es el gran momento del mundo. Es el Renacimiento. Es el alba gloriosa de las culturas modernas con las cuales vivimos.

Muchos siglos antes de esto que cuento, después de la caída del imperio romano, de las invasiones bárbaras y el triunfo del cristianismo, tuvo el libro su momento más terrible de peligro. Fueron arrasadas las bibliotecas y esparcidos los libros. Toda la ciencia filosófica y la poesía de los antiguos estuvieron a punto de desaparecer. Los poemas homéricos, las obras de Platón, todo el pensamiento griego, luz de Europa, la poesía latina, el Derecho de Roma, todo, absolutamente todo. Gracias a los cuidados de los monjes no se rompió el hilo. Los monasterios antiguos salvaron a la humanidad. Toda la cultura y el saber se refugió en los claustros donde unos hombres sabios y sencillos, sin ningún fanatismo ni intransigencia (la intransigencia es mucho más moderna), custodiaron y estudiaron las grandes obras imprescindibles para el hombre. Y no solamente hacían esto, sino que estudiaron los idiomas antiguos para entenderlos y así se da el caso de que un filósofo pagano como Aristóteles influya decisivamente en la filosofía católica. Durante toda la Edad Media los benedictinos del monte Athos recogen y guardan infinidad de libros y a ellos les debemos conocer casi las más hermosas obras de la humanidad antigua.

Pero empezó a soplar el aire puro del Renacimiento italiano y las bibliotecas se levantan por todas partes. Se desentierran las estatuas de los antiguos dioses, se apuntalan los bellísimos templos de mármol, se abren academias como la que Cosme de Médicis fundó en Florencia para estudiar las obras del filósofo Platón, y en fin el gran papa Nicolás v enviaba comisionistas a todas las partes del mundo para que adquirieran libros y pagaba espléndidamente a sus traductores.

Pero con ser esto magnífico, el paso grande lo daba el editor Cristóbal Plantino en Amberes. Era de aquella casita con su patinillo cubierto de hiedras y sus ventanas de cristales emplomados, de donde salía la luz para todos con el libro barato y donde se urdía una gran ofensiva contra la ignorancia que hay que continuar con verdadero calor, porque todavía la ignorancia es terrible y ya sabemos que donde hay ignorancia es muy fácil confundir el mal con el bien y la verdad con la mentira.

Naturalmente, los poderosos que tenían manuscritos y libros en pergamino, se sonrieron del libro impreso en papel como cosa deleznable y de mal gusto que estaba al alcance de todos. Sus libros estaban ricamente pintados con adornos de oro y los otros eran simples papeles con letras. Pero a mediados del siglo XV y gracias a los magníficos pintores flamencos, hermanos Van Eyck, que fueron también los primeros que pintaron con óleo, aparece el grabado y los libros se llenaron de reproducciones que ayudaban de modo notable al lector. En el siglo XVI, el genio de Alberto Durero lo perfeccionó y ya los libros pudieron reproducir cuadros, paisajes, figuras, siguiéndose perfeccionando durante todo el XVII para llegar en el siglo XVIII a la maravilla de las ilustraciones y la cumbre de la belleza del libro hecho con papel.

El siglo XVIII llega a la maravilla en hacer libros bellos. Las obras se editan llenas de grabados y aguafuertes, y con un cuidado y un amor tan grandes por el libro que todavía los hombres del siglo XX, a pesar de los adelantos enormes, no hemos podido superar.

El libro deja de ser un objeto de cultura de unos pocos para convertirse en un tremendo factor social. Los efectos no se dejan sentir. A pesar de persecuciones y de servir muchas veces de pasto a las llamas, surge la Revolución Francesa, primera obra social de los libros.

Porque contra el libro no valen persecuciones. Ni los ejércitos, ni el oro, ni las llamas pueden contra ellos; porque podéis hacer desaparecer una obra, pero no podéis cortar las cabezas que han aprendido de ella porque son miles, y si son pocas ignoráis dónde están.

Los libros han sido perseguidos por toda clase de Estados y por toda clase de religiones, pero esto no significa nada en comparación con lo que han sido amados. Porque si un príncipe oriental fanático quema la biblioteca de Alejandría, en cambio Alejandro de Macedonia manda construir una caja riquísima de esmaltes y pedrerías para conservar La Ilíada, de Homero; y los árabes cordobeses fabrican la maravilla del Mirahb de su mezquita para guardar en él un Corán que había pertenecido al califa Omar. Y pese a quien pese, las bibliotecas inundan el mundo y las vemos hasta en las calles y al aire libre de los jardines de las ciudades.

Cada día que pasa las múltiples casas editoriales se esfuerzan en bajar los precios, y hoy ya está el libro al alcance de todos en ese gran libro diario que es la prensa, en ese libro abierto de dos o tres hojas que llega oloroso a inquietud y a tinta mojada, en ese oído que oye los hechos de todas las naciones con imparcialidad absoluta; en los miles de periódicos, verdaderos latidos del corazón unánime del mundo.

Por primera vez en su corta historia tiene este pueblo un principio de biblioteca. Lo importante es poner la primera piedra, porque yo y todos ayudaremos para que se levante el edificio. Es un hecho importante que me llena de regocijo y me honra que sea mi voz la que se levante aquí en el momento de su inauguración, porque mi familia ha cooperado extraordinariamente a la cultura vuestra. Mi madre, como todos sabéis, ha enseñado a mucha gente de este pueblo, porque vino aquí para enseñar, y yo recuerdo de niño haberla oído leer en alta voz para ser escuchada por muchos. Mis abuelos sirvieron a este pueblo con verdadero espíritu y hasta muchas de las músicas y canciones que habéis cantado han sido compuestas por algún viejo poeta de mi familia. Por eso yo me siento lleno de satisfacción en este instante y me dirijo a los que tienen fortuna pidiéndoles que ayuden en esta obra, que den dinero para comprar libros como es su obligación, como es su deber. Y a los que no tienen medios, que acudan a leer, que acudan a cultivar sus inteligencias como único medio de su liberación económica y social. Es preciso que la biblioteca se esté nutriendo de libros nuevos y lectores nuevos y que los maestros se esmeren en no enseñar a leer a los niños mecánicamente, como hacen tantos por desgracia todavía, sino que les inculquen el sentido de la lectura, es decir, lo que vale un punto y una coma en el desarrollo y forma de una idea escrita.

Y ¡libros!, ¡libros! Es preciso que a la bibliotequita de la Fuente comiencen a llegar libros. Yo he escrito a la editorial de la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde yo he estudiado tantos años, y a la Editorial Ulises, para ver si consigo que manden aquí sus colecciones completas, y desde luego, yo mandaré los libros que he escrito y los de mis amigos.

Libros de todas las tendencias y de todas las ideas. Lo mismo las obras divinas, iluminadas, de los místicos y los santos, que las obras encendidas de los revolucionarios y hombres de acción. Que se enfrenten el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, obra cumbre de la poesía española, con las obras de Tolstói; que se miren frente a frente La ciudad de Dios de San Agustín con Zaratustra de Nietzsche o El capital de Marx. Porque queridos amigos, todas estas obras están conformes en un punto de amor a la humanidad y elevación del espíritu, y al final, todas se confunden y abrazan en un ideal supremo.

Y ¡lectores!, ¡muchos lectores! Yo sé que todos no tienen igual inteligencia, como no tienen la misma cara; que hay inteligencias magníficas y que hay inteligencias pobrísimas, como hay caras feas y caras bellas, pero cada uno sacará del libro lo que pueda, que siempre le será provechoso, y para algunos será absolutamente salvador. Esta biblioteca tiene que cumplir un fin social, porque si se cuida y se alienta el número de lectores, y poco a poco se va enriqueciendo con obras, dentro de unos años ya se notará en el pueblo, y esto no lo dudéis, un mayor nivel de cultura. Y si esta generación que hoy me oye no aprovecha por falta de preparación todo lo que puedan dar los libros, ya lo aprovecharán vuestros hijos. Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que éste es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida.

Los padres luchan por sus hijos y por sus nietos, y egoísmo quiere decir esterilidad. Y ahora que la humanidad tiende a que desaparezcan las clases sociales, tal como estaban instituidas, precisa un espíritu de sacrificio y abnegación en todos los sectores, para intensificar la cultura, única salvación de los pueblos.

Estoy seguro que Fuente Vaqueros, que siempre ha sido un pueblo de imaginación viva y de alma clara y risueña como el agua que fluye de su fuente, sacará mucho jugo de esta biblioteca y servirá para llevar a la conciencia de todos nuevos anhelos y alegrías por saber. Os he explicado a grandes trazos el trabajo que ha costado al hombre llegar a hacer libros para ponerlos en todas las manos. Que esta modesta y pequeña lección sirva para que los améis y los busquéis como amigos. Porque los hombres se mueren y ellos quedan más vivos cada día, porque los árboles se marchitan y ellos están eternamente verdes y porque en todo momento y en toda hora se abren para responder a una pregunta o prodigar un consuelo.

Y sabed, desde luego, que los avances sociales y las revoluciones se hacen con libros y que los hombres que las dirigen mueren muchas veces como el gran Lenin de tanto estudiar, de tanto querer abarcar con su inteligencia. Que no valen armas ni sangre si las ideas no están bien orientadas y bien digeridas en las cabezas. Y que es preciso que los pueblos lean para que aprendan no sólo el verdadero sentido de la libertad, sino el sentido actual de la comprensión mutua y de la vida.

Y gracias a todos. Gracias al pueblo, gracias en particular a la agrupación socialista que siempre ha tenido conmigo las mayores deferencias, y gracias a vuestro alcalde, don Rafael Sánchez Roldán, hombre benemérito, verdadero y leal hijo del trabajo, que ha adquirido por su propio esfuerzo ilustración y conciencia de su época, y merced al cual es hoy un hecho esta biblioteca pública.

Y un saludo a todos. A los vivos y a los muertos, ya que vivos y muertos componen un país. A los vivos para desearles felicidad y a los muertos para recordarlos cariñosamente porque representan la tradición del pueblo y porque gracias a ellos estamos todos aquí. Que esta biblioteca sirva de paz, inquietud espiritual y alegría en este precioso pueblo donde tengo la honra de haber nacido, y no olvidéis este precioso refrán que escribió un crítico francés del siglo XIX: «Dime qué lees y te diré quien eres».

He dicho.







Toni Morrison - No place for self-pity, no room for fear (2004)

https://www.thenation.com/article/no-place-self-pity-no-room-fear/


No Place for Self-Pity, No Room for Fear

In times of dread, artists must never choose to remain silent.

TONI MORRISON

Christmas, the day after, in 2004, following the presidential re-election of George W. Bush.
I am staring out of the window in an extremely dark mood, feeling helpless. Then a friend, a fellow artist, calls to wish me happy holidays. He asks, “How are you?” And instead of “Oh, fine—and you?,” I blurt out the truth: “Not well. Not only am I depressed, I can’t seem to work, to write; it’s as though I am paralyzed, unable to write anything more in the novel I’ve begun. I’ve never felt this way before, but
the election…” I am about to explain with further detail when he interrupts, shouting: “No! No, no, no! This is precisely the time when artists go to work—not when everything is fine, but in times of dread. That’s our job!”
I felt foolish the rest of the morning, especially when I recalled the artists who had done their work in gulags, prison cells, hospital beds; who did their work while hounded, exiled, reviled, pilloried. And those who were executed. 
The list—which covers centuries, not just the last one—is long. A short sample will include Paul Robeson, Primo Levi, Ai Weiwei, Oscar Wilde, Pablo Picasso, Dashiell Hammett, Wole Soyinka, Fyodor Dostoyevsky, Alexander Solzhenitsyn, Lillian Hellman, Salman Rushdie, Herta Müller, Walter Benjamin. An exhaustive list would run into the hundreds.
Dictators and tyrants routinely begin their reigns and sustain their power with the deliberate and calculated destruction of art: the censorship and bookburning of unpoliced prose, the harassment and detention of painters, journalists, poets, playwrights, novelists, essayists. This is the first step of a despot whose instinctive acts of malevolence are not simply mindless or evil; they are also perceptive. Such despots know very well that their strategy of repression will allow the real tools of oppressive power to flourish. Their plan is simple:
§ Select a useful enemy—an “Other”—to convert rage into conflict, even war.
§ Limit or erase the imagination that art provides, as well as the critical thinking of scholars and journalists.
§ Distract with toys, dreams of loot, and themes of superior religion or defiant national pride that enshrine past hurts and humiliations.
The Nation could never have existed or flourished in 1940s Spain, or 2014 Syria, or apartheid South Africa, or 1930s Germany. And the reason is clear. It was born in the United States in 1865, the year of Lincoln’s assassination, when political division was stark and lethal—during, as my friend said, times of dread. But no prince or king or dictator could interfere successfully or forever in a country that seriously prized freedom of the press. This is not to say there weren’t elements that tried censure, but they could not, over the long haul, win. The Nation, with its history of disruptive, probing, intelligent essays sharing wide space equally with art criticism, reviews, poetry and drama, is as crucial now as it has been for 150 years.
In this contemporary world of violent protests, internecine war, cries for food and peace, in which whole desert cities are thrown up to shelter the dispossessed, abandoned, terrified populations running for their lives and the breath of their children, what are we (the socalled civilized) to do?
The solutions gravitate toward military intervention and/or internment—killing or jailing. Any gesture other than those two in this debased political climate is understood to be a sign of weakness. One wonders why the label “weak” has become the ultimate and unforgivable sin. Is it because we have become a nation so frightened of others, itself and its citizens that it does not recognize true weakness: the cowardice in the insistence on guns everywhere, war anywhere? How adult, how manly is it to shoot abortion doctors, schoolchildren, pedestrians, fleeing black teenagers? How strong, how powerful is the feeling of having a murderous weapon in the pocket, on the hip, in the glove compartment of your car? How leaderly is it to threaten war in foreign affairs simply out of habit, manufactured fear or national ego? And how pitiful? Pitiful because we must know, at some level of consciousness, that the source of and reason for our instilled aggression is not only fear. It is also money: the profit motive of the weapons industry, the financial support of the military-industrial complex that President Eisenhower warned us about. Forcing a nation to use force is easy when the citizenry is rife with discontent, experiencing feelings of a powerlessness that can be easily soothed by violence.
And when the political discourse is shredded by an unreason and hatred so deep that vulgar abuse seems normal, disaffection rules. Our debates, for the most part, are examples unworthy of a playground: name-calling, verbal slaps, gossip, giggles, all while the swings and slides of governance remain empty.
For most of the last five centuries, Africa has been understood to be poor, desperately poor, in spite of the fact that it is outrageously rich in oil, gold, diamonds, precious metals, etc. But since those riches do not, in large part, belong to the people who have lived there all their lives, it has remained in the mind of the West worthy of disdain, sorrow and, of course, pillage. 
We sometimes forget that colonialism was and is war, a war to control and own another country’s resources—meaning money. We may also delude ourselves into thinking that our efforts to “civilize” or “pacify” other countries are not about money. Slavery was always about money: free labor producing money for owners and industries. The contemporary “working poor” and “jobless poor” are like the dormant riches of “darkest colonial Africa”—available for wage theft and property theft, and owned by metastasizing corporations stifling dissident voices. None of this bodes well for the future. Still, I remember the shout of my friend that day after Christmas: No! This is precisely the time when artists go to work. There is no time for despair, no place for self-pity, no need for silence, no room for fear. We speak, we write, we do language. That is how civilizations heal. I know the world is bruised and bleeding, and though it is important not to ignore its pain, it is also critical to refuse to succumb to its malevolence. Like failure, chaos contains information that can lead to knowledge—even wisdom. Like art.





La forma de la espada - Jorge Luis Borges (en Ficciones, 1944)



Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.

La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.

Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.

No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:

—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.

Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:

“Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no solo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas… En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.

Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman solo pueden interesarle causas perdidas… Ya era de noche; seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.

Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudí a Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; este, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.

En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Este (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:

—Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.

Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)

Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.

Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.

Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: F. N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económica”, profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C’est une affaire flambée, murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.

El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza… Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.

Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.

Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.

—¿Y Moon? —le interrogué.

—Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.

Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.

Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.

—¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.








"No man for any considerable period..." - Nathaniel Hawthorne




“No man for any considerable period can wear one face to himself, and another to the multitude, without finally getting bewildered as to which may be the true.” 



Nathaniel Hawthorne, in The Scarlet Letter, 1850. 











Carriego y el sentido del arrabal - Jorge Luis Borges (en El tamaño de mi esperanza, 1926)

 



Jorge Luis Borges (en El tamaño de mi esperanza)

Primera edición: Editorial Proa, Buenos Aires, 1926.

Edición actual: Seix Barral, Buenos Aires, 1993.

El valor o la simulación del valor era una felicidad y Ño Moreira (orillero de Matanzas ascendido por Eduardo Gutiérrez a semidiós) era todavía el Luis Ángel Firpo que los guarangos invocaban. Evaristo Carriego (el entrerriano evidente que indiqué al principio de estos renglones) miró para siempre esas cosas y las enunció en versos que son el alma de nuestra alma.

Tanto es así que las palabras arrabal y Carriego son ya sinónimos de una misma visión. Visión perfeccionada por la muerte y la reverencia, pues el fallecimiento de quien la causó le añade piedad y con firmeza definitiva la ata al pasado. Los modestos veintinueve años y el morir tempranero que fueron suyos prestigian ese ambiente patético, propio de su labor. A él mismo le han investido de mansedumbre y así en la fabulización de José Gabriel hay un Carriego apocadísimo y Casi mujerengo que no es, ciertamente el gran alacrán y permanente conversador que conocí en mi infancia, en los domingos de la calle Serrano.

Sus versos han sido justipreciados por todos. Quiero enfatizar, sin embargo, que pese a mucha notoria y torpe sensiblería, tienen afinaciones de ternura, inteligencias y perspicacias de la ternura, tan veraces como ésta:

Y cuando no estén ¿durante cuánto tiempo aún se oirá su voz querida en la casa desierta?

Cómo serán

en el recuerdo las caras que ya no veremos más?


Quiero elogiar enteramente también su prosopopeya al organito, composición que Oyuela considera su mejor página, y que yo juzgo hecha de perfección.


El ciego te espera

las más de las noches sentado

a la puerta. Calla y escucha. 

Borrosas memorias de cosas lejanas

evoca en silencio, de cosas

de cuando sus ojos tenían mañanas,

de cuando era joven la novia ¡quién sabe!


El alma de la estrofa trascrita no está en el renglón final; está en el penúltimo, y sospecho que Carriego la ubicó allí para no ser enfático. En otra composición anterior intitulada El alma del suburbio ya había esquiciado el mismo sujeto, y es hermoso comparar su traza primeriza (cuadro realista hecho de observaciones minúsculas) con la definitiva, grave y enternecida fiesta donde convoca los símbolos predilectos de su arte: la costurerita que dio aquel mal paso, la luna, el ciego.

Son todos ellos símbolos tristes. Son desanimadores del vivir y no alentadores. Hoy es costumbre suponer que la inapetencia vital y la acobardada queja tristona son lo esencial arrabalero. Yo creo que no. No bastan algunos desperezos de bandoneón para convencerme, ni alguna cuita acanallada de malevos sentimentales y de prostitutas más o menos arrepentidas. Una cosa es el tango actual, hecho a fuerza de pintoresquismo y de trabajosa jerga lunfarda, y otra fueron los tangos viejos, hechos de puro descaro, de pura sinvergiencería, de pura felicidad del valor. Aquéllos fueron la voz genuina del compadrito: éstos (música y letra) son la ficción de los incrédulos de la compadrada, de los que la causalizan y desengañan. Los tangos primordiales: El caburé, El cuzquito, El flete, El apache argentino, Una noche de garufa y Hotel Victoria aún atestiguan la valentía chocarrera del arrabal. Letra y música se ayudaban. Del tango Don Juan, el taita del barrio recuerdo estos versos malos y bravucones:

En el tango soy tan taura que cuando hago un doble corte, corre la voz por el Norte si es que me encuentro en el Sur.

Pero son viejos y hoy solamente buscamos en el arrabal un repertorio de fracasos. Es evidente que Evaristo Carriego parece algo culpable de esa lobreguez de nuestra visión. Él, más que nadie, ha entenebrecido los claros colores de las afueras; él tiene la inocente culpa de que, en los tangos, las chirucitas vayan unánimes al hospital y los compadres sean desvencijados por la morfina. En ese sentido, su labor es antitética de la de Álvarez, que fue entrerriano y supo aporteñarse como él. Hemos de confesar, sin embargo, que la visión de Álvarez tiene escasa o ninguna importancia lírica y que la de Carriego es avasalladora. Él ha llenado de piedad nuestros ojos y es notorio que la piedad necesita de miserias y de flaquezas para condolerse de ellas después. Por eso, hemos de perdonarle que ninguna de las chicas que hay en su libro consiga novio. Si lo dispuso así fue para quererlas mejor y para divulgar su corazón hecho lástima sobre su pena.

Este brevísimo discurso sobre Carriego tiene su contraseña y he de reincidir en él algún día, solamente para ensalzarlo. Sospecho que Carriego ya está en el cielo (en algún cielo palermense, sin duda el mismo donde se los llevaron a los Portones) y que el judío Enrique Heine irá a visitarlo y ya se tutearán.



Libro completo







Borges, Carriego y el arrabal - James E. Irby (1967)


 

David Foster Wallace: On Being Entirely Yourself (c.2000)







"What the really great artists do is they're entirely themselves. They've got their own vision, their own way of fracturing reality, and then if it's authentic and true, you will feel it in your nerve endings."

 
David Foster Wallace