David Lynch in "Curtain's Up" (by Austin Lynch and Case Simmons) from Stella McCartney (2018)


 









Casa de Carriego en Revista Gente (fragmento - c.1976)

 Carriego

"Se nos confía que nuestro Evaristo Carriego nació en 1883, el 7 de mayo, y que rindió el tercer año del nacional y que frecuentaba la redacción del diario La Protesta y que falleció el día 13 de octubre del novecientos doce, y otras puntuales e invisibles noticias (...) Yo pienso que la sucesión cronológica es inaplicable a Carriego, hombre de conversada vida y paseada. Enumerarlos, seguir el orden de sus días, me parece imposible. (...) Literariamente, sus juicios de condenación y de elogio ignoraban la duda. Era muy alacrán: maldecía de los más justificados nombres famosos con esa evidente sinra-zón (...) y ver cómo sigue...


(...) llegar a Bulnes vivía la familia Garmendia, y en la esquina de Honduras y Soler, muy cerca de la casa de la familia Silva, se levantaba la farmacia Doucont. Entre la farmacia y la casa de los Carriego vivía Mateo Ruiz Díaz. Eran los únicos vecinos. Con el correr de los años la calle fue transformándose. Lo que era una huella de carros se había ensanchado ahora y lucía flamantes veredas, árboles recién plantados y casas bajas recién pintadas. 


El otoño, muchachos. 

Ha llegado sin sentirlo siquiera, 

lluvioso, melancólico, callado. 

El familiar bullicio de la acera

tan alegre en las noches del verano

se va apagando a la oración. 

La gente abandona las puertas más temprano.

Las abandona silenciosamente...


El patio: lugar de inspiración al que se asomaba la bohardilla del poeta. Siguen allí las macetas rojas, los malvones y las baldosas rotas, pequeñas trampas anegadas.

Clemencia Salmerón, otra habitante: "Pues verá usted, como nosotros no le conocimos, nos da lo mismo que entrara por esta misma puerta o no. Ahora quieren hacer un museo."


La penúltima puerta de la casa da una cocina. Alguna vez hubo un fogón de leña. Sobre el marco de la puerta una llave de luz añora otros tiempos, cuando era usada para iluminar los últimos juegos de los niños.


¡Qué modo de llover! Furiosamente

en el techo de zinc el aguacero tamborilea sin cesar.

Lo grave es que se llueve aquí peor que afuera, 

y hay para rato, es natural...

Quién sabe cómo diablos se ha abierto esta gotera.


Los "inquilinos de Carriego" admiten con fastidio que se los llame así. Desde hace muchos años los únicos cuatro habitantes de la casa han compartido sus vidas amparados (y desamparados) por la sombra de Carriego.











Blue Monday (el día que se me fue la melancolía)

 

Melancolía I - Durero (1514)


La bilis negra ya no está. 

Le encontré la explicación: 

descubrí, desvelé, el motivo

y se me fue esa tristeza sutil

crónica que no entendía. 


Ahora sí puedo ser alegre

en serio, sabiendo de qué

se trata la bilis negra.

El problema no era mío

sino que me hicieran creer

que yo era el problema...


Hoy es considerado "Blue Monday"

para concientizar sobre la Melancolía.








"Ragebait" and Anger


how to process it: 
Fully experience the bodily experience of rage. 
notice it in your muscles, your breathing, etc. 
Be with it and notice you are okay. 
Nurture your younger self that had to suppress it. 

RAIN - recognize, allow, investigate, nurture.








"Anger is an energy"








Laberinto de amor - Leopoldo Marechal (1936)


En un anochecer, al oriente, mi duelo
buscaba por amor las figuras del cielo,

pues ya temía el alma su peligrosa ruta,
el sol en la Balanza y el otoño sin fruta.

Lejos de tu verdor aguerrido, Esperanza,
y de las rumorosas provincias de la danza;

sordo a los timbaleros y a sus muchos timbales
yo recorría el prado, con mis tres animales:

al frente la pantera de acerado riñón;
siguiendo mis pisadas, la loba y el león.

Porque temía el alma su grande soledad
rasgó su vestidura, se fue de la ciudad:

atravesó la puerta de los Bueyes, corría
desnuda y escupiendo los sabores del día,

en un anochecer, al oriente. Si el llanto
fue su virtud primera, no lo dirá mi canto.

Y, mi mano pobre, alzaba mi corazón al Este,
mendigando no sé qué moneda celeste,

cuando mi Consejero, perdido enhoramala,
volvió por el sendero de la escala y del ala,

con su manto de gala y el halcón forastero
que no mueve las plumas en el canto primero.

Detuvo su caballo. Me dice:
"Fiel amigo,
¿qué imploras a la noche, con lengua de mendigo?

"Amigo fiel, responde si hallaste a mediodía
los puentes y caminos de la melancolía;

"o si has medido el mundo con tu compás, y cierra
tu mano el espinoso tratado de la tierra;

"que así lo anuncian tu desaliño tremendo
y tu frente nublada, sobre el puño cayendo."

Le respondí:
"Señor amoroso, no es vano
pesar el de la frente que se rinde a la mano:

"si prometió el verano y el otoño no miente,
al hueco de la mano va la fruta y la frente.

"Señor, ¡bien reconozco tu línea de jacinto,
tu lengua numerosa, lás armas en tu cinto!

"Por este Laberinto, llevado de tu prosa,
dejé, mal caballero, nobleza, risa y rosa;

"y es tanta mi pobreza, que dudo si sabría
darme la noche aquello que me ha robado el día."











De todo laberinto se sale por arriba - Leopoldo Marechal (1948)



Un cielo púrpura y rosa cubre
la sábana de Dios
mientras el sol naranja rabioso
se suicida en el oeste.
Llueven pedacitos de muerte por todos lados.
Desde lo alto de mi piedra un gato negro
clava su mirada rubia sobre el pozo
en donde algunas vez vivieron
mis grises y dilatados ojos.
Con filosofía y altivez
parece inspeccionar
cada recoveco de mi alma
atrapada allí Abajo,
donde nada vive sin morir primero.
El hueco en mi boca espera aquel grito sordo
que espante a la bestia
como el rayo aguarda al trueno
con paciencia de hormiga.
Será en vano; esa voz hace tiempo que no llega.
Acurruco el coraje
y acaricio la idea de cerrar la vida.
Tan sólo un parpadeo
para despegarme de los huesos
que me aprisionan bajo tierra
y volver al agua, allá Arriba.
Tan sólo un parpadeo
para regresar a la no vida.
Tan sólo un parpadeo
para volver a ser pez.







De todo laberinto se sale por Arriba (“Adán Buenosayres” de Leopoldo Marechal, 1948)








La forma de la espada - Jorge Luis Borges (en Ficciones, 1944)



Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.

La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.

Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.

No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:

—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.

Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:

“Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no solo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas… En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.

Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman solo pueden interesarle causas perdidas… Ya era de noche; seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.

Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudí a Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; este, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.

En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Este (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:

—Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.

Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)

Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.

Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.

Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: F. N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económica”, profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C’est une affaire flambée, murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.

El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza… Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.

Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.

Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.

—¿Y Moon? —le interrogué.

—Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.

Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.

Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.

—¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.








No podemos vivir eternamente - Antonin Artaud (1974)


(Carta a los Poderes, Ediciones Insurrexit: Buenos Aires, 1974)



No podemos vivir eternamente 
rodeados de muertos y de muerte.
Y si todavía quedan prejuicios 
hay que destruirlos.
“el deber”
digo bien
EL DEBER
del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto, 
un libro, una revista de los que ya nunca más saldrá, sino al contrario 
salir afuera
para sacudir
para atacar
al espíritu público
si no
¿para qué sirve?
¿Y para qué nació?









Yussef Dayes In Japan (Film) 富士山 (2025)











 

Henry Beston



“It is only when we are aware of the earth and of the earth as poetry that we truly live.”





― Henry Beston







John Berryman



"You should always be trying to write a poem you are unable to write, a poem you lack the technique, the language, the courage to achieve. Otherwise you're merely imitating yourself, going nowhere, because that's always easiest.”




― John Berryman