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Glitch, rareza, síntoma

 

Lo freak, lo extraño, lo raro

lo que hace único a cada ser.

Lo excéntrico de cada uno

es lo que más hay que rescatar,

resaltar. Porque es 

tuyo nomás. No te lo pueden quitar.

No lo pueden imitar.

Es propio. 


Escuchar eso que querés

que deseás fuertemente

como un fuego, solo tuyo

y quizás por miedo no lo hacés... 


No conviene encajar, porque eso 

sería todo lo contrario a 

ser vos misma/o.


Soltáte el pelo, liberá las tensiones

y vas a darte cuenta 

quién (se) reprime

y quién no.





Freud, en Un cuento de Navidad (1896)


"En esta fiesta se celebra a la vez un duelo y un pacto. El primero es por algo perdido: los que no están, lo que no se logró. El pacto es un nuevo arreglo con la divinidad, sea Dios, la vida, la contingencia, el estado de cosas, lo irremediable, lo imposible, etc. En ambos casos, nos sigue convocando a desafiar al futuro."



Freud, en Un cuento de Navidad (1896)






Pasión y fatalidad - Anne Dufourmantelle en El salvajismo materno (2021)


    "Poco se habla de esa herida que los amantes intentan reparar imaginariamente en la pasión. Amor fusional mediante el cual la pasión produce el desplazamiento hacia otra escena, una especie de revolución. Ya no se trata del juramento de la maternidad "serás como yo, y no te abandonaré", sino "serás mío, nunca serás suficientemente mío, tú eres yo". El amante pasa a ser el hijo (pero en este carácter es también el padre y el hermano, ocupando sucesivamente todos los lugares), y en esa condición cura en su amante a la pequeña hija no amada, no reconocida por la madre. El amante restaura, en el sentido propio del término, lo que no fue visto, tocado, acariciado, envuelto primitivamente en ella. Eso que en el cuerpo mismo quedó desheredado. Esta es la razón por la que a menudo el amante viene a rivalizar con los hijos de la mujer. Porque un hijo quiere reparar a su madre por lo que la había herido en su infancia. Lo cual muchas veces resulta muy pesado de llevar, sobre todo si la herida de la madre es cuidadosamente camuflada o portada como una vergüenza, pues entonces esta madre reprochará al niño por haber hecho resurgir esa parte de ella misma que hubiese preferido olvidar o rechazar por completo. El amante viene también él a conectarse con una parte secreta del sí mismo amado, vulnerable, oculto. La sexualidad que entonces se descubre refleja ese cuerpo rendido a sí mismo en la reparación de una herida antigua. Este "retorno a sí mismo" es al mismo tiempo un descubrimiento prodigioso, una apertura a la alteridad que el amor ha hecho posible. Cuando hay una alteridad...

    Ana Karenina se arroja bajo las ruedas de un tren carguero. (...) La pasión condujo a los amantes al inevitable desenlace."




En El salvajismo materno (2021), editado por Nocturna editora (Bs As, 2024)






Anne Dufourmantelle Bibliografía (1964 - 2017)


Obras










Inapropiable - Anne Dufourmantelle en Defensa del secreto (2017)



     "Apropiarse de un ser es querer entrar en "su" secreto y utilizar el saber que le hemos hurtado. Poder hacer uso contra la persona misma. Ese secreto puede ser también una atmósfera, un color, un lugar, una manera de ser. Su manera de pararse, de amar, sus lecturas, sus lugares predilectos, sus amigos. Ese secreto no guardado, por el contrario, lo guarda, es decir, lo protege. Es una tonalidad, una música particular. Una firma.

    Podemos copiar, atacar, despreciar, impedir que exista un ser en su secreto. El cuarto propio que describe Virginia Woolf puede ser fracturado. No existe una protección absoluta más allá de la búsqueda interior que llevará a un ser a desplazarse siempre más lejos que sus adversarios o saqueadores.

    El secreto de nuestra habitación interior es dinámico, no forma un espacio interior cerrado, es la traducción de una libertad inapropiable ya sea por la ciencia o por cualquier forma de saber. El sujerto que se ejercita es difícilmente manipulable, porque hace la experiencia de lo que podríamos llamar "el ejercicio de sí". Se ejercita en su pensamiento, en la justeza de sus actos y no deja más que pequeñas dosis a las circunstancias. Es mediante la modificación de su "paisaje" íntimo que puede ser afectado, cuando la batalla material se vuelve demasiado ruda, o cuando las ganas de abandonar la escena terminan por llevárselo.

    Esta cualidad del secreto que hace que un ser sea inapropiable, ¿permite definir una ética?"





En Defensa del secreto (2017), editado por Nocturna editora (Bs As, 2023)






Byung-Chul Han



"La psicometría, también conocida como “psicografía”, es un procedimiento basado en datos para obtener un perfil de personalidad. Los perfiles psicométricos permiten predecir el comportamiento de una persona mejor de lo que podría hacerlo un amigo o un compañero. Con suficientes datos, es posible incluso generar información más allá de lo que creemos saber de nosotros mismos. El smartphone es un dispositivo de registro psicométrico que alimentamos con datos día tras día, incluso cada hora. Puede utilizarse para calcular con precisión la personalidad de su usuario. El régimen de la disciplina (Foucault, Orwell) solo disponía de información demográfica, lo que le permitía llevar a cabo una BIOPOLÍTICA. El régimen de la información, en cambio, tiene acceso a información psicográfica, que utiliza para su PSICOPOLÍTICA."




Byung-Chul Han. En Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus, 2022. Pág. 35-36.


Esta cita me llegó a través de mi (medio-) hermano mayor Luciano Benitez, que la compartió en su Facebook.









Jacques Lacan



“¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?” 



Jacques Lacan, en el seminario “La ética del Psicoanálisis” (6 de julio de 1960)






Jacques Lacan




“Yo digo siempre la verdad. No toda. 
Puesto que a decirla toda no alcanzamos. 
Decirla toda es imposible, materialmente las palabras faltan para ello. 
Incluso por ese imposible la verdad es solidaria de lo real”.









Lacan, Jacques: “Televisión”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, pág. 535.

Passive aggression / Aggressive passivity



Passive aggression is the surreptitious, indirect and often insidious means by which we express antagonism or noncompliance while ensuring the plausible deniability of any such intentions. It can breed quickly: Aaron’s passive aggression provoked a peevish response from Jim (from the example given before). Though it may be practised at home, passive aggression flourishes in the workplace, where more direct expressions of frustration and resentment are considered unprofessional.

We can all think of examples: the resentful time-server who, when asked about an overdue report by his line manager, mumbles that “in the mass of your requests, it got forgotten” – not accidentally, the passive voice is usually passive aggression’s preferred verbal form. The colleague who is reliably generous with “compliments” such as “Your presentation was surprisingly good.” The boss who wonders at hometime whether his employee might want to stay a little late for the call with California.

In these instances, hostile or obstructive behaviour is at once performed and disavowed, so that the offender can assure you that he or she certainly didn’t intend whatever irritation you may now feel. It leaves you feeling, perhaps, that you’re the one with the problem. Strikingly, passive aggression is a strategy that can be adopted by both the boss class and its minions.

Bartleby’s (from Melville's 1853 tale, Bartleby, the Scrivener. A Story of Wall Street) riposte may be the most crystalline expression of passive aggression ever coined. He doesn’t outright refuse to examine the document. To a boss, refusal is unlikely ever to be welcome, but it’s at least intelligible, precisely because it signals an active stance.

In its extreme non-commitment, Bartleby’s refrain throws some light on how more ordinary forms of passive aggression work, raising the conundrum of how we can possibly argue with or object to an attitude that refuses to reveal itself.

In intimate relationships, it is a little easier. Over the years, couples, families and close friends accrue a rich store of knowledge of each other’s codes and stratagems, and so are able to call them out. A silence or pause, a forced smile or a stiff “thank you”. These words and gestures might seem entirely innocuous or devoid of any meaning to an outsider, but they are loaded with significance. Established couples know that each is alive to the other’s ruses, which makes it harder for aggression to hide behind passivity and for the passive-aggressive individual to protest their innocence.

But matters are different in the workplace, where such explicitly aggressive behaviour is frowned upon. We are required not only to be co-operative, but must assume the good faith of our colleagues. We cannot accuse them of insidious motives, however much we might suspect them. In team meetings, conflicts and resentments play out in the language of politeness. Any academic, for example, will know that departmental meetings are festering Petri dishes of passive aggression.

In a culture in which complex human traits become fodder for simplistic moral judgments, passive aggression is always going to be a problem of another, maladjusted individual. But perhaps it makes more sense to think of it as a dynamic within relationships, a current that passes between friends, colleagues, couples and families rather than a quality of particular personalities. One consequence of thinking about it this way is that we are made to recognise passive aggression is lurking in all of us.

The art of psychotherapy involves confronting the patient with difficult truths. Though its conscious intent is to be empathetic and non-judgmental, the combination of deliberate pushback and measured tone can easily resemble passive aggression.

What happens to anger and aggression when they’re outlawed and denied any outlet for expression? Psychoanalysis understands aggression as a drive, an internal force that is constantly exerting pressure on our minds and bodies to discharge itself. According to a narrow definition, this might mean shouting or squaring off or even a physical blow. But it would be better to characterise aggression as any form of self-assertion, whether in word or deed. We cannot, for example, insist to a parent, teacher or boss on our right to speak without summoning up some aggressive energy.

Passive aggression is almost always a language unconsciously shared between unspoken adversaries.

The great advantage of passive aggression is not only that it allows us simultaneously to exercise and to deny our aggression but that it weaponises our vulnerability. Instead of exposing our feelings of insecurity, passivity becomes a sneaky way of asserting ourselves. Perhaps we should call it aggressive passivity instead.

How might we cultivate forms of confrontation that allow us to express strong and difficult feelings without descending into aggression? Psychotherapy offers an essential example of this balancing act, by providing a space for curiosity about how the other person feels without the pressure to adjudicate who’s in the right.
 
Might we forge similarly honest and unantagonistic ways to communicate with each other in the workplace and the wider world? The obstacle, of course, is our own hard-wired defences, and especially the anxiety that open disagreement will draw rejection. In a fiercely hierarchical world of bosses and middle managers and underlings, is the very idea of such openness a naive pipe dream?


 
Source: Economist Article written by Josh Cohen








Jacques Lacan






"Después de todo, se nos relatan todos los excesos más extraordinarios ejercidos sobre las víctimas, de las cuales no se puede estar, en todo caso, sorprendido más que por una cosa: por su increíble supervivencia".








Jacques Lacan

Seminario 16 - De un Otro al otro: Clase 16, del 26 de Marzo de 1969