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Si tú flaqueas, yo flaqueo

 

Si tú flaqueas, yo flaqueo… y esto flaquea. 

Pensaba que era potente, fuerte, pero sin hablar

el domingo me dominaba... y la sensación 

de que el silencio fuera incómodo 

no la entiendo ahora. Ya no pesa el silencio,

no espero nada. 

 

Domingazo invernal conmigo misma, y ver una película erótica. 

Quedarme conmigo. Si no siento que haya agua, no me voy a tirar 

a la pileta y sentir los golpes. Me los di antes como para saber que 

prefiero quedarme al margen, en el borde de la pileta, ver si se llena.


Sino, irme tranquila, sin espamento, como sin pena ni gloria. 

Como a veces son las cosas, como en las películas de Jim Jarmusch: 

suceden, pasan y se van. Y todo bien con cómo son las cosas. 

Andar con lo propio, con lo posible.

Y todo bien con eso también. 


La vida sigue y todo sigue su curso más allá de los amores y frustraciones.

Que crezca lo bueno. Seguir adelante, dar algún giro, lo más inesperado 

va a ser divertido, y más adelante todo tendrá más sentido. 










Wake-Woke-Awaken / Despiertxs

 

La cultura "woke" en inglés refiere 

al verbo despierto en pasado.

Es decir que la persona que despertó

está despierta: to be awake.


¿Quién puede estar en contra de que alguien 

despierte a las injusticias sociales

que claramente siempre, y hoy en día

atentan contra la humanidad?


Quienes estén en contra de eso

atentan contra las condiciones básicas 

de existencia humana 

y la vitalidad de todos los seres 

que habitan este planeta Tierra.


Le tienen miedo a la vitalidad

de las personas que quieren vivir 

bien y que los demás también.




https://www.merriam-webster.com/wordplay/usage-awaken-awoken-awakened






Primero de Mayo - Pedro Lemebel


Cada Primero de Mayo, las marchas y concentraciones de estudiantes, obreros y sindicatos aúnan al vibrante clamor de las necesidades sus demandas de sueldos dignos y toda la gama de peticiones sobre justicia laboral que se amontonan en los escritorios de patrones y gerentes. Nunca me gustaron los jefes, los patrones, los gerentes, los directores, los capataces y los editores. Si bien vengo de una familia de trabajo, y siempre laburé en miles de oficios, desde pequeño, haciendo aseo, encerando, limpiando vidrios en casas de ricos, haciendo de cuanto hay para agarrar monedas, traficando, pintando tarjetas y poleras que ofrecía para la Pascua, hippiando y vendiendo cachureos en las ferias artesanales. Porque no me dio para puta, me faltó cuerpo, y por eso estudié Pedagogía y después vinieron los años de profe haciendo clases; pero, la verdad, el catecismo del trabajo nunca me gustó y opté por reivindicar el ocio pensante. Nos deberían pagar por pensar, es un lindo y tranquilo oficio.
Nunca estuve tan de acuerdo con ese evangelio del esfuerzo, y quizás sea el único punto en que mi corazón izquierdista bosteza agotado cuando le discursean sobre la lucha constante, la militancia activa y el trabajo de conciencia, compañero. Uff, me agota, me canso y pregunto: por qué los pobres tenemos que sacrificarnos tanto, y los placeres siempre son un premio a la fatiga, una condecoración al sudor y al cansancio, y no un derecho a pearse, vagonear y haraganear sin obligaciones.
Igual estuve en la gran manifestación del Primero de Mayo en La Habana del 96 de mañanita, tempranito, puntual, con el maquillaje corrido y la resaca de la noche anterior goteándome la frente. La enorme Plaza de la Revolución temblaba con el fragor de las multitudes que llegaban en columnas por distintas entradas. Sin duda era bello, inmensamente emotivo, y alguna lágrima de yegua floja se mezcló con la transpiración.
Aquí, en Santiago, siempre fui a la marcha del Primero de Mayo, abanicado por las banderas rojas, bailando las consignas y gritos políticos, aspirando un pitito en algún descanso de la caminata, cargando limones y sal para atenuar la angustia asfixiante de las lacrimógenas, encontrándome con miles de compañeros, como si fuera un día festivo para dislocar la rutina de la semana. Ahí, en medio del canto denunciante, soy feliz, aspirando con ansias el dulce sudor de mi clase obrera, tan digna en su frenética manifestación. Pero me cuesta reconocer el placer casi religioso del trabajo. No estoy ni ahí. Y lo repito, y lo digo con todas sus letras: nunca me gustó trabajar, aunque me contradiga escribiendo a la fuerza este artículo para el Primero de Mayo. Quisiera no escribir más, ganarme la lotería, quedarme para siempre volado y enfermo de hedonista tomándome un ron con la panza al sol en una playa del norte. Después de tanto darle duro a la supervivencia, creo que me lo merezco y se lo merecen los trabajadores del mundo uníos en merecida huelga de brazos. Siempre amé las huelgas, los paros, los recreos, las tomas de colegios, era feliz cuando llegaba al liceo y no había clases. Entonces me iba a vagabundear por el centro, donde aprendí mucho más que en esa sala de clases con olor a peo.
Odio el trabajo, odio a las hormigas y a las abejas por tontas apatronadas y esclavas.
Me gusta y adhiero al Día del Trabajo, por reivindicaciones políticas, pero, más que nada, porque no se trabaja. Igual en este día me tira la calle, me hipnotiza el resplandor de la Molotov, me llama esa rabiosa alegría que nos empuja por la Alameda inquieta. Y voy marchando con la clase trabajadora, cantando una vieja canción italiana de Modugño que decía: «Y el jefe, hoy, que trabaje sólo él… trabaje sólo él».







El analfabeto político - Bertolt Brecht




El peor analfabeto
es el analfabeto político.
No oye, no habla,
ni participa en los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida,
el precio del pan, del pescado, de la harina,
del alquiler, de los zapatos o las medicinas
dependen de las decisiones políticas.

El analfabeto político
es tan burro, que se enorgullece
e hincha el pecho diciendo
que odia la política.

No sabe, el imbécil, que,
de su ignorancia política
nace la prostituta,
el menor abandonado,
y el peor de todos los bandidos,
que es el político trapacero,
granuja, corrupto y servil
de las empresas nacionales
y multinacionales.










Lo bueno y lo malo

 


"A veces lo malo es bueno,

y al revés: a veces lo bueno es malo."

Y lo dijo nada más ni nada menos

que José "Pepe" Mujica.












Epigrama contra Stalin - Ósip Mandelstam (1933)



Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en
[la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.





Osip Mandelstam
Noviembre de 1933



Osip Mandelstam (1891-1938): Poeta y narrador, ruso por adopción, nació en el seno de una familia judía. Miembro de la corriente acmeísta, amigo de Anna Ajmátova, recibió la Revolución de Octubre con indiferencia. No le entusiasmaba el clima revolucionario que se vivía en Rusia y prefería mantenerse ajeno a la actividad política. Su poema Epigrama contra Stalin, que había sido recitado en algunas oportunidades dentro del círculo de amigos, fue copiado por alguien que pretendía los favores del régimen y que lo entregó a las autoridades. Esa declaración le costó tres años de destierro en un campo, un breve período de libertad restringida y una nueva detención que acabó con su vida. Mandelstam es autor de La piedra, Tristia, Cuadernos de Moscú y Cuadernos de Voronezh (poesía) y Viaje a Armenia y Coloquio sobre Dante (prosa), entre otros libros [Fuente: Revista Ñ].






Dónde quedó


No se puede estar así un día más.

Libertad para unos pocos nomás.

No hay belleza en eso, no hay justicia.

No se puede llamar política

algo tan corrompido.


No puede ser, dónde quedó 

el derecho civil, derecho humano.

Moverse por el propio país

y por ciudades, poder respirar

sin que te cobren el aire 

del lugar donde estás.


En llamas, en llantas, el pueblo llora.

No se puede estar así un día más.







Gilles Deleuze sobre "¿Qué es ser de izquierda?" (Gauche, letra G en El Abecedario de Gilles Deleuze, 1988-9)



CP: En este caso, no se trata del punto de demencia que constituye tu encanto, sino de algo muy serio: tu pertenencia a la izquierda. Como hemos visto, venís de una familia burguesa, de derecha, y desde la Liberación, vos sos un hombre de izquierda. Ahora bien, con la Liberación, muchos de tus amigos se afiliaron al Partido Comunista o bien están muy ligados a él.

GD: Sí, creo que todos pasaron por el PC, menos yo.

CP: Y vos, ¿cómo te libraste?

GD: Mi caso no es complicado. ¿Qué impidió que yo lo hiciera? Creo que el motivo es que yo era muy trabajador y que no me gustaban las reuniones. Nunca soporté las reuniones en las que se hablan interminablemente. Ser miembro del PC en aquel momento implicaba reuniones de célula todo el tiempo. Yo no tenía voluntad de participar en eso y hablaba poco y era tímido. Además había que vender el periódico L´Humanité. No tenía ninguna voluntad de entrar al Partido.

CP: ¿Pero vos te sentías cercano al compromiso de ellos?

GD: ¿Del partido? No, eso nunca me gustó, y fue lo que me salvó. Todas aquellas discusiones sobre Stalin, lo que ya se sabe acerca de los horrores del stalinismo, en fin, eso siempre existió. Los nuevos filósofos vinieron a descubrir que las revoluciones acababan mal con Stalin. Luego el camino estaba abierto y todo el mundo lo descubría. Por ejemplo, acerca de la revolución argelina, de la que dicen que fracasó porque abrió fuego sobre los estudiantes. ¿Pero quién ha creído en algún momento que una revolución termina bien? Dicen que los ingleses se ahorraron tener que hacer revoluciones. ¡Es absolutamente falso! Los ingleses sí hicieron una revolución, mataron al rey, ¿y que obtuvieron? A Cromwell. ¿Y los estadounidenses? Su revolución fue un fracaso aún mayor que la de los bolcheviques. Ellos introducen al nuevo pueblo, hacen la verdadera revolución. Tal como los marxistas confiaban en la proletarización universal, los estadounidenses confían en la inmigración universal: son las dos fases de la lucha de clases. Es absolutamente revolucionario. Es la América de Jefferson, Thoreau y Melville que anuncia el hombre nuevo tal y como la revolución bolchevique lo anuncia. Pues bien, fracasó. Todas las revoluciones fracasan, eso es sabido. Pero fingen redescubrirlo ahora. Hay que ser imbécil. Todo el mundo se dedica ahora a eso, se trata del revisionismo actual. Dicen que la Revolución Francesa también fracasó, pero eso todo el mundo lo sabe. La Revolución Francesa condujo a Napoleón. Y la estadounidense condujo a Reagan que no me parece mejor que los otros.

Nos encontramos así en un estado de enorme confusión. Que las revoluciones se frustren, que salgan mal, nunca ha impedido que un pueblo devenga revolucionario. Se mezclan dos cosas absolutamente diferentes: se trata de la confusión entre el devenir y la historia. Y es una confusión de los historiadores que nos hablan del porvenir de la revolución. Pero ese no es el problema. Ellos siempre pueden remontarse lo bastante lejos para mostrar que, si el porvenir resultó mal, ello se debe a que el mal estaba presente desde el principio. Pero el problema concreto es: ¿cómo y por qué un pueblo deviene revolucionario? Felizmente, los historiadores no pueden impedir eso. Los sudafricanos, los palestinos, están envueltos en un devenir revolucionario. Se me dirá que cuando triunfen, la cosa terminará mal. Pero entonces ya no serán los mismos problemas, aquello creará una nueva situación en la que de nuevo se desencadenarán devenires revolucionarios. En las situaciones de tiranía, de opresión, los seres humanos devienen revolucionarios, porque no queda otra cosa que hacer. Cuandos nos dicen que todo eso acaba mal, no se está hablando de lo mismo. El porvenir de la historia y el devenir de los pueblos no son lo mismo.

CP: Esa filosofía de los Derechos Humanos y ese respeto de todo el mundo por los Derechos Humanos en la actualidad, es como una negación de mayo de 1968 y una negación del marxismo. Vos no tuviste que repudiar a Marx porque no fuiste del PC, así que Marx sigue siendo un referente para vos. Y en cuanto a mayo del ´68, sos una de las pocas personas que lo evoca sin decir que fue un simple alboroto, que el mundo cambió, etc. Me gustaría que hablaras un poco más sobre mayo del ´68.

GD: pero sos dura cuando decís que soy uno de los pocos porque hay mucha gente. Basta mirar en nuestro entorno, entre nuestros amigos, para ver que nadie reniega del Mayo…

CP: Sí, pero son nuestros amigos.

GD: Igualmente, hay muchos otros que no reniegan. Mayo del ´68 es la intrusión del devenir. Quisieron atribuir ese hecho al reino de lo imaginario, pero no lo fue. Fue una bocanada de realidad en su estado más puro. Es lo real que llega de repente, de tal suerte que las personas no lo comprenden y se preguntan: ¿qué es esto? Finalmente, personas en su realidad. Fue prodigioso. Y, ¿qué eran las personas en su realidad? Eran el devenir, claro que los historiadores no lo comprendieron. Mayo del ´68 fue devenir revolucionario sin porvenir de la revolución. Algunos pudieron burlarse de eso pero lo que tomó a las personas fueron fenómenos de puro devenir. ¿Qué es exactamente un devenir? Mayo de 1968 es la intrusión del devenir.

CP: Y vos tuviste un devenir revolucionario en aquel momento?

GD: Basta verte la sonrisa para captar la ironía. Prefiero que me preguntes qué es ser de izquierda. Es más discreto que devenir revolucionario.

CP: Entonces te lo pregunto de otra manera. Entre tu civismo de hombre de izquierda, que vota y todo lo demás, y tu devenir revolucionario, ¿cómo hacés? ¿Qué es ser de izquierda para vos?

GD: Bueno, pienso que no existe gobierno de izquierda. Ello no significa que no haya diferencias entre los gobiernos. Pero, en el mejor de los casos, lo que podemos esperar es un gobierno favorable a determinadas exigencias o reivindicaciones de la izquierda. Pero no existe un gobierno de izquierda, porque la izquierda no es una cuestión de gobierno. Si me pidieran una caracterización de lo que significa ser de izquierda, diría que hay dos maneras. La primera tiene que ver con una cuestión de percepción: ¿qué es no ser de izquierda? No ser de izquierda es como una dirección postal: partir de sí, la calle en la que uno está, la ciudad, el país, los demás países, y así, cada vez más lejos. Comenzás por vos mismo y, en la medida en que sos un privilegiado, que estás en un país rico, pensás cómo hacer para que la situación perdure. Sabés que hay peligros, que la cosa no puede durar y que todo es demencial. Pero igual pensás: ¿cómo hacer para que dure?, ¿cómo hacer para que Europa dure? Y ser de izquierda es lo contrario. Es percibir. Dicen que los japoneses perciben así. No ven como nosotros, perciben primero el contorno. Comienzan por el mundo, luego el continente, y así. Es un fenómeno de percepción en el que se percibe primero el horizonte.

CP: Pero los japoneses no son un pueblo de izquierda.

GD: Pero eso no importa. Tu objeción no es una razón. Están a la izquierda por su sentido de la dirección, de la dirección postal. Primero, mirás al horizonte y sabés que eso no puede durar, que no es posible que miles de millones de personas mueran de hambre. No es posible esa injusticia absoluta. No en nombre de la moral, sino en nombre de la percepción. Ser de izquierda es empezar por la punta y considerar que ésos son los problemas que hay que responder. No consiste en reducir la natalidad porque ésa es una manera de conservar los privilegios de Europa. Hay que encontrar las combinaciones, los “agenciamientos” mundiales, que permitan solucionar los problemas. Así, ser de izquierda es saber que los problemas del Tercer Mundo están más cerca de nosotros que los problemas de nuestro barrio. Eso es una cuestión de percepción y no una cuestión de alma bella. Para mí, ser de izquierda es todo eso.

La segunda manera de ser de izquierda es devenir-minoría, pues se trata siempre de un problema de devenir. No dejar de devenir minoritario. La izquierda nunca es mayoritaria en tanto que izquierda. Y por una razón muy simple: la mayoría supone la existencia de un patrón. En occidente, el patrón que supone cualquier mayoría es: humano, adulto, varón, habitante de las ciudades. Por lo tanto, obtendrá la mayoría aquel que, en un momento dado, cumpla ese patrón. O sea, la imagen sensata del humano adulto, varón, habitante de las ciudades. Pero puedo decir que la mayoría nunca es alguien concreto. Es un patrón vacío. Sólo que muchas personas se reconocen en ese patrón vacío. Pero, en sí, el patrón es vacío. Entonces las mujeres empiezan a ser tenidas en cuenta y a intervenir en esta mayoría, o en minorías secundarias, a partir de su grupo en relación a ese patrón. Sin embargo, al lado de esto, ¿qué hay? Hay todos los devenires que son devenires minoritarios. Quiero decir que las mujeres, como tales, no son algo dado y consolidado, no son mujeres por naturaleza. Las mujeres tienen un devenir-mujer. Como resultado de esto, si las mujeres tienen un devenir-mujer, los hombres tienen un devenir-mujer. Hablamos del devenir-animal. Los niños también tienen un devenir-niño, no son niños por naturaleza. Todos esos devenires son minoritarios.

CP: Sólo los hombres no tienen un devenir-hombre.

GD: Claro que no lo tienen, es un patrón mayoritario. Y vacío. El varón adulto no tiene devenir. Puede devenir-mujer y, en ese momento, entablar procesos minoritarios. La izquierda es el conjunto de los procesos de devenir minoritario. Yo afirmo: la mayoría es nadie y la minoría es todo el mundo. Ser de izquierda es eso: saber que la minoría es todo el mundo y que ahí se producen los fenómenos de devenir. Es por eso que todos los pensadores tuvieron dudas acerca de la democracia, dudas sobre lo que llamamos “elecciones”. Pero se trata de cosas archisabidas.







El Abecedario de Gilles Deleuze (L'Abécédaire de Gilles Deleuze) es un programa de la televisión francesa producido por Pierre-André Boutang en 1988-1989, emitido en 1996. Consiste en una serie de tres entrevistas que Claire Parnet le realizó al filósofo.







¿Qué es el Derecho a la Vivienda digna?


Existe un Derecho a la vivienda digna.
En el país donde resido
ese derecho no se cumple.



"El derecho a una vivienda adecuada no exige que el Estado construya viviendas para toda la población. Pero sí comprende las medidas necesarias para prevenir la falta de un techo, prohibir los desalojos forzosos, luchar contra la discriminación, centrarse en los grupos más vulnerables y marginados, asegurar la seguridad de tenencia para todos/as, poder aspirar a una propiedad, y garantizar que la vivienda de todas las personas sea adecuada. Estas medidas incluyen la intervención del gobierno en distintos planos: legislativo, administrativo, de políticas o de prioridades de gastos."