No hay malos maestros.
Hasta el peor maestro nos está enseñando algo ... ¡al menos a tener paciencia!Hay un viejo proverbio sánscrito que dice algo así:
- "Inclínate ante el malvado, porque él es tu primer maestro" -
Si somos capaces de ver a un criminal o a un corrupto como alguien que está sacrificando su vida para enseñarnos. Si entendemos que es a costa de su bienestar, de su propia conciencia que se expone para enseñarnos lo que no debemos hacer. Entonces, podemos asumir que no hay malos maestros.
¿Son todos los maestros igualmente buenos?
La respuesta es un "no" rotundo. Si recordamos a nuestros profesores o si pensamos en nuestra propia experiencia como docentes podríamos encontrar tres niveles de maestros:
Nivel 1: Yo se, tu ignoras. ¡Cállate y escucha!
Esos maestros pueden tener claridad en cuanto a lo que deben enseñar, pero solo buscan una conexión “de cabeza a cabeza” con el alumno, un respeto intelectual. Pueden además ser muy buenas personas y amar lo que enseñan, pero no logran que los alumnos los quieran. Muchas veces sucede lo contrario, son odiados y temidos. Sus herramientas de tortura son la evaluación y las notas. Todos hemos tenido profesores así, se paraban en tarimas para establecer una distancia y desde allí exponían sus lecciones. Están muchas veces enojados porque consideran que los alumnos no son lo suficientemente buenos. Se quejan en la sala de profesores, ningunean alumnos. Se cansan de lo que hacen, esperan la jubilación o se postulan para ser Inspectores.
No digo que sean malos maestros. He aprendido mucho de este tipo de profesores y en los tiempos previos a la internet no teníamos más opción que adaptarnos a ellos. ¡Eran la única fuente de conocimiento disponible! Hoy tienden a desaparecer de los colegios.
Nivel 2: Yo hago todo lo posible, pero los alumnos no aprenden…
Esos maestros sufren mucho. Entregan amor, se preocupan por sus alumnos, preparan las clases con cuidado. Son almas nobles que descubren su vocación y buscan hacer un servicio. Ellos se conectan con el corazón y son queridos por los alumnos, pero muchas veces esa cercanía que logran destruye el respeto necesario para el aprendizaje. Tienen problemas de disciplina, se les desordena el aula, los alumnos no cumplen y terminan aprendiendo poco. Estos maestros tienen un corazón puro y las mejores intenciones, pero también se agotan. Llegan a la sala de profesores pensando que tal vez se equivocaron de profesión, o que debieran haber sido más duros de entrada con los alumnos.
Sufren por no lograr buenos resultados académicos, muchas veces los mismos alumnos terminan reclamando exigencia cuando ya es demasiado tarde.
Nivel 3: Juguemos juntos. ¡Descubramos juntos!
Estos maestros comprenden que la vida no es más que un juego y que un juego es una expresión de alegría. No hay un propósito en el juego. ¿Para qué pateamos una pelota?
Estos son los maestros que casi nunca llegan a la sala de profesores a tomar un café, se distraen en los recreos con los alumnos, se quedan jugando, charlando... a veces ni siquiera salen del aula porque los alumnos los visitan permanentemente.
Estos maestros no sienten que saben, viven para aprender. Mientras juegan aprenden y mientras aprenden enseñan. Un maestro así facilita, motiva y empodera el aprendizaje.
Son los Maestros que reúnen las tres cualidades del ser humano:
Claridad de mente, pureza de corazón y espontaneidad de acción.
Tuve la suerte de tener varios maestros de este nivel en el colegio San Albano. Empezando por el Headmaster, Mr John Vibart.
Mr John salía de su oficina en cada recreo para caminar y saludar a los alumnos, se te acercaba para charlar y mientras caminaba a tu lado se inclinaba para levantar papelitos del suelo. Una de las razones por las que queríamos ser Prefects en el colegio era para estar más cerca de él. Almorzar en el “High Table” y tener el privilegio de charlar con Mr John. Él sabía escucharnos.
Cuando le tocaba dar un discurso no lo escribía. Simplemente contaba un chiste y todos moríamos de risa. Pienso que gracias a esa alegría que transmitía Mr John muchos ex alumnos del San Albano abrazamos la docencia. Me acuerdo haber pensado a los 15 años que no me importaba cuanto dinero podría ganar como docente, yo solo quería ser tan feliz como él.
Trabajé muchos años enseñando en el San Albano, pero en el año 2000 la crisis (¿qué crisis?) me obligó a tener que tomar una decisión difícil. Estaba enseñando en tres colegios, una Universidad y una cárcel. Salía de casa a las 6 de la mañana y regresaba a las 11 de la noche. Lo peor de todo es que la plata no alcanzaba. Mi hija era alumna del San Albano y ser docente me permitía un muy buen descuento. Me llegó una oferta laboral del San Jorge de Quilmes. Un buen sueldo con dedicación exclusiva (solo me permitían seguir con la cárcel). Era la solución para mi crisis, pero no sabia como decirle a Mr John que me vendía a la competencia. No quería sacar a Olivia del San Albano y temía que con el sueldo del San Jorge no me iba alcanzar para cubrir la cuota completa.
Lo encontré cerca del ombú en un recreo, sonriente como siempre. Me acerqué y le dije. “John, me parece que voy a trabajar full time en St George's”. Me puso su mano en el hombro y me dijo: “Me alegro por vos, vas a ser muy feliz en ese colegio. Olivia puede quedarse con nosotros, vamos a honrar nuestro acuerdo aunque ya no trabajes con nosotros”. No solo eso, también escribió una hermosa carta de recomendación que todavía conservo.
Renan escribió "La capacidad de admirar al otro es la medida del valor de un hombre".
Siento una profunda admiración por Mr. John, esa admiración me hace bien a mí y le da valor a mi vida.
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