Recuerdo aquel instante prodigioso en el que apareciste frente a mí, lo mismo que una efímera visión igual que un genio de belleza pura. En mi languidecer sin esperanza, en las zozobras del ruidoso afán, tu tierna voz se oyó en mi largo tiempo y soñaba con tus divinos rasgos. Transcurrieron los años. La agitada tormenta dispersó los viejos sueños y al olvido entregué tu tierna voz así como tus rasgos celestiales. En cautiverio oscuro y tenebroso mis días en silencio se arrastraban, sin la deidad y sin la inspiración, sin lágrimas, sin vida, sin amor. Mas ahora que el despertar llegó a mi alma, y de nuevo apareces ante mí, lo mismo que una efímera visión igual que un genio de belleza pura. Y el corazón me late arrebatado porque en él nuevamente resucitan La inspiración y la divinidad y la vida, y el llanto y el amor.
*Anna Pyetróvna Kem (1800-1879)
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