Allí donde el pensamiento tiene miedo, la música piensa.
La música que está ahí antes de la música, la música que sabe «perderse» no tiene miedo del dolor. La música experta en «perdición» no necesita protegerse con imágenes o proposiciones, ni engañarse con alucinaciones o sueños.
¿Por qué la música es capaz de ir al fondo del dolor? Porque es allí donde ella mora.
¿Qué hay en el fondo del deseo de arrojarse al agua? ¿Qué hay en el fondo del deseo de sumergirse en la cosa que obsesiona; de dar el último salto; de lanzarse sin demora y decididamente en pos de lo que se ignora; de franquear el Rubicón; de romper las amarras; de liberarse de todas las precauciones; de arrojarse a la boca del lobo; de jugar a fondo perdido? Extrañas expresiones que una misma antigüedad reúne. Todas estas metáforas de caza, de baile, de marina, de juego, de guerra, no son tanto proposiciones de la lengua natural como figuraciones de los sueños. Todas ellas nombran la imprudencia. Todas ellas dicen: no ha tratado de escapar del peligro que se presentaba. Ha salido de su escondite. Ha dimitido de su puesto. Ha abandonado su fila. Ha escalado los muros de la prisión. Ha alcanzado la espontaneidad soberana de la naturaleza.
Se trata de dos medios de los que el cuerpo humano maduro y genital es la pobre y extraña y frágil y solitaria y mortal orilla. Vida acuática y vida atmosférica se desunen durante el nacimiento. Vida de larva —casi un pez— y vida de mariposa —casi un pájaro. Casi un pez, casi un pájaro: éstas son también las figuras de Butes y de las Sirenas.
La música toca mucho más que «la audición» en el cuerpo del oyente. Ésta es la tesis que deseaba defender en estas últimas páginas a las que Butes me conduce reclamado por una orilla que no alcanza. Las pasiones serían impotentes para distinguirse unas de otras, incluso, serían incapaces de aprehenderse a sí mismas si no existiera la música.
Hay olvidados del recuerdo del mundo. Hay que ceder un poco de agua pura, es decir, un poco de lengua escrita, a los viejos nombres que ya no se pronuncian. Hay que inclinarse y exhumar las tumbas que se han perdido entre las hierbas y los siglos y las piedras. Hay que abrir un instante la puerta de un libro a estos héroes de la vida legendaria o a estos fantasmas de la vida histórica que han sido abandonados, bien porque sus ejemplos eran contrarios a la reproducción social, bien porque sus proezas despreciaban las elecciones estéticas más populares, bien porque su determinación contravenía los mandamientos religiosos que reúnen a las naciones en el vínculo poderoso de la guerra. Hay que dejar una silla vacía para los que han sido injustamente condenados al ostracismo. Hay que dejarles un poco de permanencia —un aumento de permanencia— en las «horas», a pesar de los «milenios» que han desfilado ya desde su aparición. Butes abandonó la compañía de los otros Argonautas. Había respondido sí a la llamada de las Sirenas. No siguió ni el ejemplo ni la orden de Orfeo. No se hizo trabar tan curiosamente como Ulises, pidiéndoles a Euríloco y Perímedes que le ataran con cuerdas alrededor del mástil. No tuvo miedo de las mejillas hinchadas y la voz ausente. Dijo sí a la música del origen. Hay que saber responder imprevisiblemente a la llamada más antigua que a quien dirige la voz.
¿Qué alma no vuela a pleno día? ¿Quién ha muerto? ¿Quién come? ¿Quién canta? ¿Quién es huésped en este mundo? ¿Quién acoge? ¿Quién se va?
La precipitación, suprimiendo toda regresión física posible, suprime todo arrepentimiento interno (irrevocabilis praecipitatio abscidit poenitentiam). Es por ello que no puede por más que llegar allá donde habría podido no ir (non licet eo non pervenire quo non ire licuisset).
De pronto lo antiguo se precipita.
Lo antiguo cae de las nubes.
Es el rayo mismo.
El trueno es la voz de este animal enorme y extremadamente negro que se llama tormenta.
Los relámpagos saltan desde lo alto del cielo con el deseo de venir a tocar la tierra.
La música remite a un antaño que sin respirar —o mejor, respirando con las orejas, respirando con el oído— escuchaba en el fondo del agua. Jankélévitch escribió: La música nos envuelve y así nos penetra porque es vasta e infinita como la mar. Ahí está la imagen del primer mundo. Es la vieja agua sin porqué, sin límite de piel; vieja agua extraña por el hecho de que, en los hombres, su experiencia precede a la de la mar misma.
La música comienza por murmurar al oído del que la ama y que se acerca al canto que le envuelve, donde consiente en perder su identidad y su lenguaje: Acordaos, un día, antaño, se perdió lo que se amaba. Acordaos que un día perdisteis todo de todo cuanto era amado. Acordaos que es infinitamente triste perder lo que se ama.
Aristóteles escribió que la psyché —en latín el anima, en francés el aliento [souffle]— es como una tablilla en la que el sufrimiento se escribe. La música viene a leer allí. He deseado destacar solamente este punto: sólo la música viene a leer allí. Porque desde el origen, en la ontogénesis, en el interior del vientre materno, es inevitable que el feto escuche. Escucha lo que haya, a la fuerza lo que haya, a lo lejos, muy lejos, detrás de la piel y el agua, la extraña sonata de lo que será su lengua materna. Genealógicamente este canto del que no escucha más que la emoción es anterior a la voz articulada. Igual en la filogénesis, en la historia de los animales, el canto imitado, el canto embaucador, el apelante, prearticula la fonación.
Según la etimología latina a la que se remite, intrusos serían aquéllos que se hacen un lugar a empujones allí donde no se contaba con ellos. Personajes desconocidos o casi, de pronto en el centro. Y sin embargo no, de lo que se trata no es de proponer una lección histórica diferente, sino simplemente de devolver a la luz de lo vivo experiencias confiscadas por una determinada lectura de la historia, hacer vacilar esas certidumbres y restaurar aquellas experiencias posibles cuyo cristal acostumbra a ser siempre una buena pregunta y su telón de fondo la infinita novedad del pasado. Lascaux se descubrió en 1940 —acostumbra a repetir Quignard al respecto.
Frente a la comodidad del tópico que insiste en reconducir toda experiencia a la mediación social fuera de la cual nada existiría, Quignard repite que la lectura hace posible escapar de la educación que se recibe, como la literatura permite emanciparse del lenguaje o el amor extirparse de la familia y el grupo. También su rechazo de la filosofía, su fuga de toda prosa discursiva se asienta sobre el mismo ángulo de atención. Y es que para los filósofos es como si los hombres nacieran ya dotados de identidad, como Adán y Eva, con treinta años cumplidos —dijo entonces—.
Por tanto, ¿es de desesperación de lo que habrían muerto los hombres, apasionados por su propio canto? A causa de una desesperación muy cercana al rapto. Había algo maravilloso en este canto real, canto común, secreto, canto simple y cotidiano, que no podían sino reconocer enseguida, cantado irrealmente por potencias extrañas y, digamos, imaginarias, canto del abismo que, una vez escuchado, abría en cada palabra un abismo e invitaba con fuerza a desaparecer en él. Este canto, no lo olvidemos, iba dirigido a navegantes, gente de riesgo y ademán audaz, y él mismo era navegación: era una distancia, y lo que revelaba era la posibilidad de recorrerla, de hacer del canto el movimiento hacia el canto y de este movimiento la expresión del mayor de los deseos».
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