Hay un ritual riguroso. Me levanto, pongo agua al fuego, enciendo la computadora, le doy de comer al gato, tomo unos mates y pienso en cosas que leí o viví o siento. Si entonces se me ocurre un primer verso, voy a la computadora, abro un archivo de texto y escribo la primera versión del poema hasta el final. Nada de ruido; mucha luz natural. Nadie me interrumpe porque he logrado volverme lo suficientemente prescindible en esta vida, situación muy práctica porque además de dejarme tiempo libre me aporta una angustia existencial tal que escribo poesía para tener algo que hacer. Mis otras fuentes de inspiración son la alegría y el asombro. También hay poemas crepusculares, surgidos del cansancio (no es que no labure) y escritos a mano en tinta gel, en cuadernos. (Antes escribía en bares, de noche, en birome bic, pedida al mozo, en servilletas. Fueron tiempos juveniles y nómades en que mi inspiración dependía del efecto de la cerveza.) Investigo después, cuando ya estoy armando el libro, para ordenarlo en una especie de relato. Me ayudan mucho las buenas conversaciones, las que son como iluminaciones graduales a dúo. Hay poemas que han surgido de esas infrecuentes conversaciones. Me gusta bajar y leer páginas de psicoanálisis. No tiene precio esa lucha honesta de los psicoanalistas por rodear lo innombrable, sin dejar de acecharlo ni de contemplarlo. El suyo es un arte que de algún modo le da sentido al mío. Hay una ética similar en algunas composiciones musicales de Jimi Hendrix. Él también llega a veces a esos lugares, al corazón de las tinieblas o de la luz donde los nombres se terminan.
La segunda versión del poema no suele diferenciarse mucho de la primera. Lo que hubo en el medio no es tanto una corrección, técnicamente hablando, como una edición o poda, una supresión de redundancias. A veces elimino también los nexos lógicos más obvios, para evitar que el texto del poema sea un discurso unívoco. Busco un cierto grado de hermetismo o de ambigüedad. La reescritura sirve para crear una distancia, despegarme de la sensación de "mi" verdad respecto del sentido, convertir el poema en un laberinto textual abierto al que los lectores puedan entrar desde otros lados.
La poesía aparece como una música, más bien rítmica, ligada a una cierta emoción indefinible y a la vaga intuición de un sentido. Es como si ese sentido que a la vez es un sinsentido, esa constelación de significados diversos y hasta contradictorios, necesitara ir siguiendo el curso de esa música para hallar sus demás significantes. Las palabras acuden y van enhebrándose en la música. Las primeras en venir son las que pertenecen ya a mi repertorio. Las cazo al vuelo y ellas se van conectando entre sí de un modo particular; ellas ya saben cómo hacerlo, ya se conocen de poemas anteriores. Si por entropía reiteran demasiado sus viejas combinaciones, busco abrirles nuevas conexiones o presentarles palabras nuevas. Controlo un poco el proceso y un poco no. La clave de que "salga" el poema es un equilibrio delicadísimo entre control consciente y automatismo, que le permita al inconsciente expresarse de un modo inteligible, extraño pero inteligible para un tercero. Este equilibrio depende, en cada poema, de toda mi escritura poética anterior. Quizás sea eso lo que los maestros llaman el oficio.
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