Página 37 de El Banquete, de Platón (Editorial Labor, Colombia, 1995)
“Fue Amor el primero que concibió de todos los dioses”.
Así, pues, por muy diversas partes se conviene en que el
Amor es el dios más antiguo. Pero además de ser el más antiguo, es principio
para nosotros de los mayores bienes. Pues yo al menos no puedo decir que exista
para un joven recién llegado a la adolescencia mayor bien que tener un amante
virtuoso, o para un amante, que tener un amado. Pues, en efecto, la norma que
debe guiar durante toda la vida a los hombres, que tengan la intención de vivir
honestamente, ni los parientes, ni los honores, ni la riqueza, ni ninguna otra
cosa son capaces de inculcarla en el ánimo tan bien como el amor. Y ¿cuál es
esta norma de que hablo? La vergüenza ante la deshonra y la emulación en el
honor, pues sin estos sentimientos es imposible que ninguna ciudad, ni ningún
ciudadano en particular lleven a efecto obras grandes y bellas. Es más, os digo
que cualquier enamorado, si es descubierto cometiendo un acto de deshonra o
sufriéndolo de otro sin defenderse por
cobardía, no le dolería tanto el haber sido visto por su padre, sus compañeros
o cualquier otro como el haberlo sido por su amado. Y de la misma manera
también vemos que el amado siente sobre todo vergüenza ante sus amantes cuando
es sorprendido en alguna acción innoble. Por consiguiente, si hubiera algún
medio de que llegara a existir una ciudad o un ejército compuesto de amantes y
de amados, de ningún modo podrían administrar mejor su patria que
absteniéndose, como harían, de toda acción deshonrosa y emulándose mutuamente
en el honor. Y si hombres tales combatieran en mutua compañía, por pocos que
fueran, vencerían, por decirlo así, a todos los hombres, ya que el amante
soportaría peor sin duda ser visto por su amado abandonando su puesto o arrojando
sus armas que serlo por todos los demás, y antes que esto preferiría mil veces
la muerte. Y en cuanto a abandonar al amado o a no socorrerle cuando se
encuentre en peligro… nadie es tan cobarde que el propio Amor no le inspire un
divino valor, de suerte que quede en igualdad con el que es valeroso por
naturaleza. En una palabra: ese ímpetu que, como dijo Homero, inspira la
divinidad en algunos héroes, lo procura el Amor a los amantes como algo que
brota de sí mismo.
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